sábado, 7 de marzo de 2015

EPILOGO DVATA: CAPITULO 6

CAPITULO 6 

Llegaron a Cartagena de Indias una semana antes de la boda. Con los padres de ambos, se hospedaron en la casa de la familia en la ciudad amurallada. El resto de invitados habían alquilado viviendas cercanas y suites en los hoteles más prestigiosos de la ciudad.
Lali sonrió al ver a Rafael y a Luis Eduardo concentrados jugando una partida de ajedrez. Recordó cómo, meses atrás, Peter y ella se habían estrujado el cerebro pensando en la manera de lograr un acercamiento entre los dos, pues el padre de Lali se negaba a aceptar ninguna invitación si sabía que Rafael iba a estar presente. Éste intentó un acercamiento por sus propios medios, pero no tuvo más suerte que la joven pareja. Luis Eduardo era la terquedad personificada; Peter comprendió entonces de dónde había sacado Lali su obstinación.
Un mes antes, Mariela le había comentado a Lali que había tenido una fuerte discusión con Luis Eduardo. Si Lali ya había perdonado lo ocurrido durante el secuestro de Peter y Mariela ya había pasado también página, ¿por qué él no? ¿Con qué cara pensaba llevar a su hija al altar si no había sido capaz de dejar todo aquello atrás? Su mujer le había advertido que si seguía en esa actitud se iba a perder muchos momentos felices de la pareja, las Navidades, los nietos, los cumpleaños…, en fin, toda esa serie de actividades que hacen dulce y completa la vida familiar, y le recordó que Lali era su única hija.
Mariela sabía que Luis Eduardo había reflexionado, pero el orgullo no le permitía encontrar una forma de acercarse a la familia de su yerno.
El ajedrez lo solucionó de una manera sencilla. Rafael y Amalia habían ido a visitar a Peter y Lali, y mientras las mujeres charlaban sobre la boda, Peter y Rafael jugaban una partida de ajedrez. El juego quedó a medias cuando ellas irrumpieron en el estudio y los llevaron al comedor. Días después, Luis Eduardo pasó a saludar a Lali antes de recoger a Mariela en la joyería. Lali lo llevó al estudio y, mientras atendía una llamada, su padre se dedicó a observar la partida de ajedrez inacabada. Sabía que Peter jugaba con las negras y se dio cuenta de que iba a ser derrotado en tres jugadas más. Era una emboscada perfecta y no se pudo aguantar.
—Hija, ¿quién jugó esta partida? —le preguntó a Lali, cuando ella colgó el teléfono.
—Rafael y Peter jugaron hace dos noches. Peter no ha dejado recoger el juego, dice que aún no ha terminado.
—Pues le van a ganar en tres jugadas, eso está claro, si es que llevaba las negras.
—No sé nada de ajedrez, papi. Sólo sé que Rafael es muy buen jugador.
—No me digas… —Analizó la partida unos minutos más—. Hija, sé que me he portado mal con tu familia política, y ya es momento de arreglarlo.
 Lali le sonrió con cariño.
—Ya era hora. La noche siguiente se reunieron las tres parejas. Al comienzo del encuentro el ambiente estaba algo tenso, pero Peter y Lali se encargaron de llevar la batuta de la conversación y todos llegaron a los postres de manera más o menos distendida. Después de la cena, pasaron al estudio para beber una copa de coñac.
—No has levantado el juego —comentó Rafael al ver el tablero.
—Aún estoy pensando qué hacer —contestó Peter, mientras servía el licor.
Luis Eduardo intervino.
—No tienes mucho que hacer, muchacho; en tres jugadas más perderás la partida. Rafael lo miró sorprendido.
—¿Tú juegas?
—Algo.
—Hijo, como ha dicho Luis Eduardo, vas a perder. Renuncia a esta partida y déjame jugar con tu suegro. —De acuerdo.
Lali les hizo una señal a las mujeres y a Peter y salieron del estudio, dejándolos solos. Días después, Mariela le contó a su hija lo ocurrido en la habitación.
Entre movimientos de alfiles y reinas, Rafael carraspeó algo incómodo y Luis Eduardo supo que había llegado el momento de las disculpas por parte del industrial, y no se equivocó.
—Luis Eduardo, sé que me porté como un imbécil con ustedes durante el secuestro de Peter. No pasa un día sin que lamente mi conducta… —a continuación, su tono de voz cambió— y la pérdida de mi nieto.
Luis Eduardo levantó la vista sorprendido ante su actitud humilde y contrita, algo muy poco normal en él. —Y antes de que digas nada, quiero darte las gracias.
—¿Por qué?
—Por haber traído al mundo a esa excepcional mujer que comparte la vida con mi hijo. Nunca había visto a Peter tan feliz, tan en comunión con el mundo. Él siempre ha sido una persona difícil y, a pesar de la estrecha relación que tenemos, veía en él algo de inconformidad, pero ahora todo es diferente y sé que es gracias a Lali. Te aseguro que ella contará siempre con la protección y la lealtad de Peter y de toda la familia.
Luis Eduardo asintió y siguió con la vista puesta en el tablero.
—¿No tienes nada que decir?
—Sí —contestó, mientras movía una pieza en dirección al rey—. Jaque mate.
Los días previos a la boda estuvieron plagados de toda clase de actividades con los invitados. Organizaron visitas por la ciudad, un paseo en yate a la casa de las islas del Rosario y un almuerzo en el hotel Santa Clara. En medio de tantos eventos, Peter y Lali aún sacaban tiempo para pasear juntos, cogidos de la mano por las calles empedradas y llenas de balcones y buganvillas.
La noche antes de la ceremonia, Mariela y Amalia le entregaron a Lali el regalo que entre ambas habían diseñado para ella. Deseaban hacerle un juego de pendientes y gargantilla, pero sabían que ella no se iba a quitar la que le había regalado Peter meses atrás. Entonces optaron por regalarle una diadema de oro blanco, con brillantes incrustados en un delicado trabajo que recordaba los diseños de joyería de los años cincuenta.
—Esto es demasiado… —susurró Lali con un nudo en la garganta.
—Nada es demasiado para mi única hija —dijo Mariela, cogiéndole las manos—. Has superado todas mis expectativas, mi amor. Estoy muy orgullosa de ti.
—Gracias, mamá.
Lali abrazó a su madre con cariño y con lágrimas en los ojos. Luego se acercó Amalia y la abrazó con igual emoción.
—Nada es más satisfactorio para una madre que ver el amor en los ojos de las parejas de sus hijos. Me encanta ver cómo miras a Peter, como si fuera tu tesoro más preciado.
—Es que lo es —le contestó Lali, mientras se probaba la diademafrente al espejo—. Ojalá yo sea suficiente para él.
—¿Dudas del amor de mi hijo?
—¡No!
—¿Entonces?
Mariela escuchaba callada la conversación, mientras recogía la joya y la colocaba en el estuche. Amalia insistió:
—Algo te preocupa, lo noto. Pero mi hijo sólo tiene ojos para ti.
—Lo sé.
Mariela intervino.
—No es eso lo que preocupa a Lali.
—¿Y si no puedo darle hijos? No he quedado embarazada en todo este tiempo —dijo Lali, y rompió a llorar desconsolada—. Fui al médico, me hizo toda clase de pruebas y estoy bien. No lo entiendo.
—¿Qué te dijo el médico?
—Que pueden ser nervios, ansiedad… Si no me quedo embarazada en los próximos tres meses, me hará análisis más específicos.
—Ante todo, debes tranquilizarte.
—No quiero partirle el corazón. Él desea hijos.
—Para él primero estás tú. Si supieras la enormidad de sus sentimientos hacia ti no te sentirías de esta manera. —Amalia le secó las lágrimas con un pañuelo—. Sé que serás una estupenda madre, sólo debes darle tiempo al tiempo. Entre ambos hallaréis la solución. Debes hablar con él. Peter debe saber cómo te sientes.
—No quiero estropear las cosas.
—No lo harás.
La fecha elegida por ambos para casarse fue el 25 de julio. Ese día, al contrario de lo que ocurría con otras parejas, se arreglaron juntos en casa. Mariela y Amalia habían insinuado que por lo menos la noche anterior durmieran en habitaciones separadas y esperaran a verse en el momento de la ceremonia.
—No, mamá, gracias —le dijo Peter, dándole un beso en la frente y sacando a Lali de la habitación, antes de que la convencieran.
Esa mañana, sin embargo, ella quedó en manos de su madre, de su suegra y de un par de especialistas, que la retuvieron con un ritual de belleza hasta media hora antes de la ceremonia.
Lali comenzó con un masaje relajante con aceites esenciales, un baño aromático y luego una hidratación profunda que la dejó calmada yfragante para enfrentar el gran día. Le recogieron el cabello, la maquillaron un poco y luego se vistió con la ayuda de su madre; finalmente, le pusieron la diadema y el velo.
—¿Ya has hablado con Peter de lo que te preocupa? —preguntó Amalia.
—Aún no —contestó Ella con un suspiro.
—Hazlo.
Lali se miró al espejo y se vio hermosa. El vestido era creación de un famoso diseñador costeño radicado en la capital hacía varios años. Era de color crema, en satén y organza; el corpiño, sin tirantes, estaba cubierto de encaje francés, con unas Flores que se reproducían en la falda, que tenía un ligero fruncido y caía hasta el suelo. El velo era largo, estilo catedral y con el ribete bordado. Los zapatos eran italianos, forrados con el mismo satén Del vestido.
Se oyeron unos golpes en la puerta. Era Eugenia, que llevaba un paquete. Mariela y Amalia salieron, dejándolas a las dos solas.
—¡Vaya! ¡Estás preciosa! A mi hermano le dará un infarto.
—Espero que no… —sonrió Lali.
—Te he traído un regalo para tu noche de bodas. Lo que tuvieras escogido, olvídalo; éste es el ideal. Te lo aseguro, es el color favorito de Peter.
Lali abrió el paquete, era un negligé minúsculo de color rojo, con un tanga de encaje transparente del mismo color. La espalda del camisón era de seda y la parte de delante del mismo encaje que el tanga y abierto desde debajo del pecho de tal modo que Lali estaba segura de que dejaría el vientre a la vista.
—Gracias, Eugenia, es precioso.
Se lo pondría para la noche de bodas, los pocos minutos que Peter le dejaría la prenda puesta. Sonrió.
—Picarona… Me imagino lo que estás pensando.
—No te equivocas.
Se oyeron otros golpes y las voces airadas de Mariela y Amalia discutiendo con Peter. Lali deseaba que la boda pasara rápido para evitar más enfrentamientos entre los tres. Guardó la prenda en la bolsa y la dejó en una de las mesas.
—No debes ver a la novia antes de la ceremonia —le gritaba Mariela.
—¿Quién lo dice?
—La costumbre.
—Veré a mi esposa cuando quiera. —Y recalcó el «mi esposa».
Mariela se alejó refunfuñando por el corredor
—Eres imposible —le dijo Amalia. Lali se volvió, nerviosa.
—Os dejo solos —dijo Eugenia, al tiempo que abría la puerta. Peter se quedó petrificado al verla. Parecía un hada de los cuentos infantiles. Era incapaz de pronunciar palabra. Lali tocaba la tela y lo miraba ansiosa.
—¿Cómo estoy? —susurró nerviosa, mirando la falda del vestido. Peter se le acercó como si ella fuera un rayo de sol y él necesitara desesperadamente su calor. Le pasó el dorso de los dedos por la mejilla antes de abrazarla. El caos de sus sentimientos apenas le permitía decir nada.
Ella encarnaba su principio y su final, ella encarnaba todo lo que deseaba en la vida; un atisbo de miedo lo asoló de repente, al darse cuenta que sin Melisa no podría vivir. Era su tesoro más valioso, su joya más preciada.
—¡Dios mío! —Tragó saliva—. Estás bellísima, mi amor —dijo, acercándose a su boca.
La besó con urgencia, sin que le importara el maquillaje. Sus lenguas se encontraron y el beso se hizo más apasionado, caliente y húmedo. Peter la soltó reacio.
—Te he estropeado el maquillaje.
—No importa.
Lali contempló a su marido, que llevaba un elegante esmoquin negro. Estaba tan guapo, con el pelo peinado hacia atrás y recién afeitado. Él se percató de su mirada y le sonrió. Adoraba la forma en que lo miraba, necesitaba esa mirada de devoción todos los días de su vida.
—¡Soy tan feliz! —exclamó emocionado. Los ojos de Melisa se ensombrecieron de repente y un brillo sospechoso los invadió—. ¿Qué pasa, mi amor?
—Tengo que hablar contigo. Lali se separó de él y se dio la vuelta.
—No creas que no he notado que algo te preocupa. Si es por la cantidad de gente o por algo de la boda… —Se le acercó confuso—. ¿Alguien se ha portado mal contigo? ¿Mi familia te incomoda?
—¡No! ¿Cómo se te ocurre? Me siento muy a gusto con tu familia.
—Entonces, ¿qué sucede? —Peter no quería que su mirada estuviera ensombrecida el día más importante para los dos.
—Llevamos nueve meses juntos y aún no me he quedado embarazada. ¿Y si no puedo darte hijos?
—Mi amor, mi amor… —La abrazó por detrás, pegó su rostro al velo, que echó a un lado, y le besó la nuca con una suavidad que sólo ella le conocía. Finalmente, le dijo al oído—: No quiero que te preocupes por eso. Aún es pronto y, si no podemos, pues adoptaremos. No te sientas culpable de ser feliz.
—¡Ay, Peter! —Lali se recostó en él y entrelazó las manos con las suyas.
—Yo sé lo que en realidad quieres, pero no puede ser. No pudo ser — le dijo él a través del espejo.
—He tratado de superarlo. Te lo juro, pero aún me duele. Hace unos momentos, he soñado con él. —Lo miró ansiosa y se quedó en silencio, arrepentida al momento de haber sacado el tema, pues por los ojos de Peter pasó una sombra de dolor.
—Cuéntame qué has soñado.
—Que nuestro hijo entraba corriendo en la habitación y jugaba y se enredaba con la cola del velo.
—A mí también me duele mucho, pero debemos tener fe y esperanza.
Lali se secó las lágrimas, se dio la vuelta entre sus brazos y le acarició el mentón.
—Discúlpame, no deseo montar un espectáculo precisamente hoy.
—¿Por qué no me habías dicho nada?
—No quería atormentarte.
—Más me angustia que no acudas a mí cuando te sucede algo. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Quiero que cuentes conmigo siempre.
Lali no quería decirle que él formaba parte de lo que la acongojaba. Sus propias inseguridades, el temor a no ser suficiente para un hombre como él, que podía tener a la mujer más hermosa a sus pies y por caprichos del destino la había escogido a ella, precisamente a ella. Temía no estar a la altura. Temía que un día se despertase de la ilusión y no la quisiera más. Gabriel la miraba como si adivinara todo lo que pasaba por su cabeza.
—Eres el centro de mi existencia.
A continuación soltó un suspiro, con suaves caricias recorrió sus brazos hasta llegar a los hombros y a la base del cuello y finalmente acunó su rostro entra las manos. Con el pulgar, le enjugó una olvidada lágrima.
—Voy a ser lo menos original del mundo con esto que te voy a decir. Sé que mereces frases nuevas, pero estas palabras explican muy bien la inmensidad de lo que siento por ti.
—Tú eres mi vida —le dijo Lali, expectante ante sus palabras.
Entonces él empezó a tararear una canción de Joaquín Sabina. La voz de Peter la envolvió como segundos antes lo habían hecho sus brazos.
—«…yo no quiero contigo ni sin ti. Lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren…»
Lali se aferró a las solapas del esmoquin y acercó su rostro; no deseaba llorar más, y menos después de esos bellos versos de Joaquín Sabina que él le había dedicado. Peter se quedó en silencio mientras la estrechaba entre sus brazos. Segundos después, Lali lo miró.
—Es lo mismo que siento yo por ti.
—No me dejes nunca, Lali.
Peter la observó concentrado y ella le devolvió una mirada dulce.
—Tú tampoco.
Peter sonrió con ironía y la volvió a abrazar.
—¿Lista?
—Me retocaré un poco.
—Te espero en la iglesia.
La iglesia de Santo Domingo, donde se oficiaría la ceremonia, estaba vestida de gala para la ocasión. Era el santuario más antiguo de Cartagena y estaba situado en la ciudad amurallada. Tenía un altar estilo barroco, con una imagen de Cristo del siglo XIX tallada en madera y otra de la Virgen llevando una corona de oro y esmeraldas.
Lali salió de la casa y recorrió en un coche de caballos antiguo las pocas manzanas hasta la iglesia. Las calles ya estaban acordonadas por las autoridades, pero eso no evitó que una gran cantidad de gente se hubiera agolpado en el lugar para echar un vistazo de cerca a las personalidades que estaban invitadas a la boda. Lali se bajó del carruaje y entró a la iglesia del brazo de Luis Eduardo, que la estaba esperando.
—¡Dios mío! Es real… —susurró nerviosa.
Su padre le dio un par de palmaditas en la mano, adivinando el desasosiego que la asaltaba, y murmuró:
—Finge valor si es necesario…
Ella sonrió.
El lugar estaba abarrotado de gente vestida de gala, que se levantó de sus asientos al verla entrar, y el susurro de las voces fue silenciado por la marcha nupcial. La luz era tenue y a las fosas nasales de Melisa llegó el olor a incienso, a cera derretida y a las flores del ramo que ella llevaba. Avanzó por el pasillo cubierto con una alfombra roja y en ese preciso instante sucedió: se reconcilió con Dios.
No fue en la charla con el sacerdote, ni en el curso de preparación, ni siquiera en la confesión. Fue ahí, caminando hacia el hombre que amaba más que a su vida, cuando entendió los designios de Dios, que aunque le había traído sufrimientos y pérdidas, le había hecho maravillosos regalos. Le había dado valor cuando las cosas eran difíciles, fe en que todo se solucionaría y alegría inmensa de poder estar en ese momento renovando unos votos que eran sagrados para Peter y ella.
Y entonces lo supo. Si dejaba ir a su pequeño, una nueva vida la llenaría otra vez. Lo sentía, era una promesa, era el regalo que Dios tenía para ella en ese día. Quiso correr hasta Peter y besarlo delante de todo el mundo para grabar en su memoria los olores, los sonidos, los colores de aquel maravilloso momento.
Recordó un fragmento del Cantar de los Cantares, que había estudiado en la universidad años atrás:
Llévame grabada en tu corazón,
¡llévame grabada en tu brazo!
El amor es inquebrantable como la muerte,
la pasión inflexible como el sepulcro.
¡El fuego ardiente del amor es una llama divina!
El agua de todos los mares no podría apagar el amor;
tampoco los ríos podrían extinguirlo.
Peter la observaba caminar sin perderse detalle de ninguno de sus gestos, sonriendo mientras ella se acercaba. El rostro de Lali resplandecía y en el brillo de sus ojos vio todo el amor del mundo, la promesa de toda una vida a su lado, los hijos que llegarían, el envejecer juntos.
Con la renovación de los votos ante Dios, Peter quería borrar muchas cosas: el dolor de ella por el secuestro y la pérdida de su hijo. Al verla caminar hacia él, evocó la tarde que la conoció, en esa misma ciudadque hoy les daba el beneplácito para vivir su amor. La recordó (más que recordarla, la veía) sentada tomando una bebida helada y leyendo un libro con sus diminutas gafas y cuando se acercó a ella.
—Perdón —dijo Lali al tropezar con él, con una voz que a Peter le erizó el vello de la nuca.
—Tranquila, déjeme ayudarla.
La sostuvo mientras ella volvía a colgarse el bolso del hombro. Seguía con las gafas puestas y Peter no pudo evitar una sonrisa.
—Perdone que me entrometa, pero ¿no caminaría mejor sin esas gafas?
Tenía ese instante grabado en su memoria y en su alma; era el momento en que le había cambiado la vida. Ese amor que lo desbordaba le aceleró el pulso y le calentó el pecho, lo que hizo que el corazón le empezara a latir de forma desenfrenada. A duras penas farfulló un «gracias» cuando Luis Eduardo se la entregó. Peter estiró el brazo para coger la mano de Lali con firmeza.
La ceremonia fue intensa, emotiva y sanadora para los dos. Al salir de la iglesia, y tras subir al coche que los llevaría al centro de convenciones, donde se iba a celebrar el banquete, lali abrazó a su esposo y suspiró feliz.
—Casados ante Dios y ante los hombres.
—Mía ante Dios y ante los hombres.
Ella soltó una carcajada.
El centro de convenciones de Cartagena de Indias se transformó en un lugar vestido de azul y plata. En la plaza de las Banderas, quince mulatas, quince tamborileros y una alfombra azul recibieron a los más de quinientos invitados, procedentes de distintas partes del país. A todos se les ofreció una copa de champán y se quedaron perplejos cuando el cielo se tiñó de diferentes colores, obra y gracia de un hermoso castillo de fuegos artificiales. Ésa fue la señal para que los tamborileros dieran comienzo a la fiesta. Con música y entre pasos de baile, todos los invitados entraron al salón, decorado de manera muy original.
Del techo caían velos azul y plata, y había tres lámparas de araña de varios metros de altura, con sesenta velas cada una. Las mesas estaban decoradas con centros de cristal que contenían flores variadas, y con mantelería de hilo. Fuera, el ambiente también era sorprendente: los árboles estaban adornados con cintas azul y plata, con cristales en la puntaque se movían al ritmo de la brisa marina y emitían suaves sonidos al golpearse entre sí.
La comida consistió en panes diversos, pastas, pastelería francesa, sushi y carnes servidos en un delicioso bufé. Había todo tipo de licores. La tarta nupcial era de varios pisos, obra de una de las mejores reposteras de Cartagena.
—Has trabajado mucho, mi amor —comentó Peter, sorprendido por la decoración y el buen gusto de su esposa, ya que Lali había mantenido todos los detalles de la fiesta en secreto, porque quería que fuera una sorpresa para él.
«Su» Lali, pensó conmovido, había permanecido fuerte y leal durante el secuestro. Había reinventado la vida para él, se la había llenado de metas, de sueños, de risas y de amor, lo apoyaba en sus proyectos, jaleaba sus triunfos y se le oponía de manera terca cuando se equivocaba.
—Lo he hecho todo para ti, sólo para ti. —Sonrió satisfecha—. Aunque he tenido mucha ayuda.
La sonrisa de Gabriel se esfumó al sentir un estallido de ternura en el pecho.
—¡Gracias! Es el mejor regalo.
—No me des las gracias todavía —susurró Lali, sorprendida por el gesto perturbado de Peter cuando la abrazó y la besó en la mejilla. Ella le pasó una mano por el mentón y, antes de que se alejara, bromeó, algo nerviosa—: Espera a que recibas la cuenta en tu oficina.
Y en uno de los instantes más conmovedores de su vida, Peter estalló en carcajadas.
Rafael y Luis Eduardo brindaron con unas emotivas palabras. Lali bailó un vals con su padre y con su suegro, que, conmovido, le reiteró su cariño y lealtad para toda la vida. Bailó con Peter varias canciones hasta que Gastón se acercó a ellos.
—Bueno, ya la has acaparado para toda la vida, ahora déjame disfrutar un baile con ella.
Peter cedió de no muy buena gana.
—Si las miradas matasen estaría a varios metros bajo tierra.
—¡Qué va!
Gastón era muy buen bailarín y disfrutaron de un buen merengue dominicano y un par de canciones más.
—Estás muy guapa. Sé que seréis muy felices.
—Gracias. ¿Y tú? ¿Eres feliz, Gastón?
—Pues tanta felicidad empalagosa como la que derrocháis vosotros dos, no… —Sonrió cuando Lali le golpeó el brazo—. Pero estoy satisfecho con mi vida.
Ella miró a la voluptuosa mujer que lo acompañaba, enfundada en un ceñido vestido de color verde y que le recordó a la antigua amante de Peter.
—Hay más, Gastón.
A éste se le ensombreció la mirada y Lali se avergonzó de haber vuelto a tocar un tema tan delicado para él.
—Lo sé, pero no es para mí.
—Gastón —Lali adoptó un tono de voz solemne—, por la potestad que me da el día más importante de mi vida, mi deseo hoy es que te enamores como nunca antes lo has hecho y que irradies tanta felicidad como nosotros.
—Créeme, ya he experimentado el «nunca antes» y es mejor que dejemos las cosas así.
Melisa no sabía qué le había ocurrido a su amigo y Peter era muy vago sobre ese tema, así que no insistió para no quedar como una entrometida.
Cuando terminó la canción, Gastón la llevó de nuevo al lado de Peter.
—Te la entrego y sin un rasguño. —Le dio un suave beso a Lali en la mejilla y se despidió—. Gracias por tus buenos deseos, no creas que no los valoro. Eres mi mejor amiga.
—Vaya, ya era hora de que volvieras —le reprochó Peter en broma.
—No podía estar más tiempo alejada de ti —contestó ella con suavidad.
—¿Nos vamos, bella dama? —le susurró él al oído, mientras miraban bailar a las parejas—. Un avión nos espera.
Ella levantó una ceja, sorprendida.
—Te dije que me encargaría de la luna de miel.
—No pensaba que fuéramos a viajar esta misma noche.
Se despidieron de todos los invitados, que les reiteraron sus buenos deseos de una duradera dicha conyugal. Peter llevó a Lali a casa en el mismo coche que la había llevado a la iglesia.
—Todo ha sido perfecto —suspiró, recostada en el hombro de él.
—Tú sí que eres perfecta.
—Somos perfectos juntos.
—Si tú lo dices…
—Lo sé.
Ella alzó la cabeza y buscó los labios de su esposo como hacía mucho rato que quería hacerlo, con deseo, con reverencia, con amor; el roce los atrapó. Lali hundió los dedos en el cabello de Peter y le devoró la boca. Segundos después, se separó agitada. El brillo en los ojos de él indicaba que el beso lo había afectado de la misma manera.

—Gracias por darme tanta felicidad.

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Holaa? , alguien por aqui? 
lo seeeeeeeeeeeeeeeeeee, mil perdones mis chiquis<3 , el año pasado no fue un buen año para mi :C ,me puse muy mal , falte mucho al cole y estuve a punto de perder el año, y como era mi ultimo año , no queria perderlo :/ , por suerte no lo perdi y estoy feliz por eso c: , pero ahora me estoy preparando en un academia para entrar a la universidad ( wao estoy vieja, no se asusten si el blog huele a formol xd ) , y estudio hasta los sabados, si es horrrribleee, horriblee.
No tengo nada que decir solo disculpas y lo entiendo si ya no quieren leer la nove, yo tampoco quisiera leer una nove la cual la suben cada cinco meses :)
solo me queda decir lo siento ( creo que he pedido lo siento un monton de veces jajaja xd) 
es un capi largo creo me alcanzo 8 pag en word :) 
y no voy a avisar en tw, hasta que ustedes me digas , por que puede que ya no quieras que te avise y eso xd.
si quieres que te avise deja tu tw en un comentario , mi twitter es @sofi_blog , para cualquier cosa , ya tu sabes ;) jajjajajajaj <3 
besooooooos gigantes 
Las Quierooooo 

domingo, 31 de agosto de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 5

CAPITULO 5

Lali se acomodó los pendientes de diamantes y observó su aspecto en el espejo. En unos minutos saldrían para una recepción en un conocido club de Bogotá. Era una recaudación de fondos que hacía un grupo de fundaciones para las víctimas del conflicto armado. El vestido que lucía era un Christian Dior azul marino sin tirantes y pegado al cuerpo. El cabello lo llevaba liso y los labios pintados de rojo mate.
En cuanto Peter entró al cuarto a buscarla, ella giró sobre sí hasta llegar a él.
―¿Y bien?
―Estás bellísima, mi amor ―lo pronunció con total devoción y frunció el ceño al reparar en el color de los labios que hacía su boca aún más sensual.
Lali se le echó al cuello, le acarició la solapa del esmoquin y le susurró al oído:
―Tú sí que estás guapo… Seré la envidia de todas las mujeres.
―Y yo tendré que alejar a los moscardones. Estoy seguro que se les caerá la baba por ti.
―No habrá necesidad de eso porque estaremos juntos todo el rato.
―Será una noche muy larga. No dejaré de pensar en el momento en que ese vestido esté a tus pies.
―Retorcido como siempre.
―La culpa es tuya.
―Solo mía.
―¿Acaso lo dudas?
―No.
Llegaron al club, se bajaron del coche, saludaron a un par de conocidos y entraron. Peter aferró a Lali en actitud protectora. Ella sonrió algo nerviosa al flash de una cámara.
Tomó una copa de champán que su esposo le pasó, el líquido la relajó y se dedicó a observar el lugar. Era un salón sobrio y distinguido. Respiraba a dinero antiguo. Del techo colgaban sendas arañas de cristal que iluminaban de manera estratégica la habitación, obras de arte adornaban las paredes. Las mujeres lucían elegantes en sus trajes de noche y los hombres todos con esmoquin. Los camareros pululaban por el recinto con bandejas con diferentes bebidas.
Minutos después, Lali se movía entre los invitados como si hubiera nacido para esa vida, percibía las miradas de algunos de los invitados y sabía de memoria lo que cruzaba por sus mentes. Estaban intrigados por la novedad: el partido del momento, el hombre duro de negocios, el sobreviviente a un horror estaba atrapado, había caído en las redes de una muchachita que lo tenía bailando en un dedo. Ya había oído varios comentarios al respecto, unos cuantos jocosos, otros sarcásticos y los últimos con un deje de envidia. A ella no le importaba el qué dirán, trataba de disfrutar de todo y acomodarse a todo para hacer feliz a su esposo.
Peter saludó con la mano a varios conocidos. Pablo Martínez y una pareja conocida se acercaron. De inmediato los rodearon varias personas y empezó una retahíla de presentaciones y nombres que distrajeron a Lali un buen rato.
―¿Señora Lali de Lanzani? ―preguntó una mujer a su lado.
―Sí, soy yo ―contestó Lali mirándola con curiosidad. Se había alejado unos metros de su esposo atraída por una de las pinturas.
La joven le dio la mano en un apretón firme. Tendría la misma edad que ella, era bajita pero voluptuosa y con unos hermosos ojos verdes almendrados que le daban un aire sensual. Vestía un traje largo de chiffon rojo, no tenía casi joyas. Unos discretos pendientes y una cadena que terminaba dentro del vestido, ocultando lo que colgaba al final de la misma. A pesar de su belleza, percibió en ella un aura de tristeza.
―Soy soy Rocio Igarzabal Manrique, disculpe la intromisión. Usted no me conoce.
―Es un placer, Rocio ―y reconoció el nombre enseguida porque estaba en una de las carpetas con los diferentes proyectos que había estudiado en días pasados. Era un plan muy ambicioso.
―El placer es mío. Quiero felicitarle por su labor social. La cruzada que inició con su esposo es de admirar. No todas las personas son capaces de la reconciliarse con los traumas de su vida.
Hacía dos meses que estaba en marcha el proyecto con los desmovilizados. Una
revista de alta circulación les había hecho un reportaje el día de la inauguración. En la fotografía Lali y Peter le daban la mano a Joaquín Campos. El titular, «Los sobrevivientes», había dado la vuelta al país. Peter estaba superando ese hecho tan terrible. Las pesadillas no se habían vuelto a presentar y eso le daba un aspecto más relajado.
―Muchas gracias, Rocío. Sobrevivir a cualquier conflicto significa volver a empezar. Es difícil, algunas situaciones siempre vivirán con nosotros. Mi esposo y yo estamos muy satisfechos con los resultados. Si no hay perdón es muy difícil avanzar.
―Sé de qué me está hablando. Ojalá todos en este país tuviéramos la fortaleza para superar las heridas ―sacudió la cabeza como para ahuyentar los malos pensamientos―. Perdón que la aborde de esta forma. ¿Por casualidad ya miró una carpeta que le envié hace un par de meses con una propuesta para la construcción de una casa de paz?
―Claro que sí ―Lali sacó una tarjeta del bolso y se la entregó―. Pida la cita, pero que no sea pronto. Peter y yo nos casaremos en dos semanas y vamos a estar de viaje durante un mes.
―No hay prisa, yo también estaré de viaje unos meses. Espero que no me olvide para cuando vuelva y pida la cita.
―No la olvidaré.
―¿Deseas bailar, bella dama? ―dijo la voz de Peter detrás de ella. Sin importarle la presencia de Rocío, la encerró en sus brazos.
―Claro que sí. Nos vemos, Rocío. Ha sido un placer.
Se dirigieron a la pista y bailaron al son de una alegre melodía que tocaba una pequeña pero famosa orquesta en un rincón.
―Eres lo más precioso que hay en mi vida.
―¿De veras?
«Tú sí que eres hermoso», caviló ella al derretirse ante la mirada verde de su esposo.
―No lo dudes nunca. Estoy loco por casarme contigo.
Ella sonrió.
―Ya estamos casados.
―No me sentiré casado hasta que entres a la iglesia.
Lali se pegó más a él y le acarició el pecho con la yema de los dedos.
―Hueles delicioso ―le dijo ella justo cuando le daba un beso en el cuello.
―Sigue así y te sacaré de aquí en un dos por tres.

Lali solo sonrió, le echó los brazos al cuello y siguió bailando. Cuando concluyó la canción se dirigió al lavado de señoras para refrescarse, se retocó el pintalabios y charló con una mujer entrada en años que la felicitó por su inminente boda. Salió de nuevo al salón. Su mirada quedó congelada al ver a Peter en compañía de una voluptuosa mujer que, en un momento dado, le acarició la solapa del esmoquin; él le sonreía. Se acercó despacio y divisó su rostro, se percató de que era la mujer con la que había salido Peter fotografiado en una revista meses atrás, cuando no recordaba nada de su relación.
Los celos la dominaron y quiso agarrar a la mujer del pelo en el momento en que sus manos le tocaron la mejilla. Peter la retiró de forma diplomática, pero eso a Lali no le importó. Ya estaba furiosa. La mujer insistió y le susurraba cosas cerca del rostro.
―¿Interrumpo? ―señaló sin dejar de mirarlos. Esta se retiró enseguida como si hubiera sido pillada en falta.
―Mi amor, ven ―Peter aferró su mano y la llevó al brazo―. Te presento a Delia Castro, una amiga.
Le notó el gesto de fastidio ante la interrupción y la mirada de franca hostilidad que le dirigió. Lali deseó en el alma poder marcar territorio de alguna forma. Se enganchó aún más al brazo de Peter y él puso su mano encima de la de ella.
―Mucho gusto ―la saludó con un gesto frío.
―El placer es mío, querida ―la miraba de arriba abajo―. Estaba recordando viejos tiempos con Peter.
―Delia está trabajando en un nuevo proyecto en el que vinculará a mujeres cabeza de familia.
―Qué consideraba… ―contestó Lali con ojos como dagas.
La mujer ignoró el comentario y miró a Peter con un gesto íntimo que indicaba lo ocurrido entre ellos tiempo atrás.
―Tenemos muchas cosas en común, querida.
Peter carraspeó incómodo y se despidió de ella. Delia, por supuesto, le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la boca, que Peter supo eludir con cortesía. Lali no dejó que se le acercara y con un movimiento de cabeza la despidió.
Quería sacarle los ojos. El ambiente con que habían llegado a la fiesta se rarificaba a cada minuto que pasaba después del dichoso encuentro.
Peter sabía que Lali estaba molesta. La notó seria y distante en el momento de la cena, picoteó algo de comida y bebió dos copas de vino de más. A ese paso se pasaría de tragos. Su esposa no estaba acostumbrada a beber licor. Entonces,
se dio cuenta de que Lali entabló conversación con un hombre joven que estaba sentado a su lado. La escuchaba reír mientras hablaba con un amigo de su padre sobre las canchas de golf de un nuevo club. Intentaba darle celos, le haría pagar a él el comportamiento de Delia. Lo había logrado, el mal genio le había puesto los músculos en tensión.
Quería sacarla de allí a rastras ante cada carcajada que escuchaba.
Tan pronto se dio por terminada la cena, Peter, sin esperar el beneplácito de ella, la sacó del salón, les hizo señas al par de guardaespaldas y, en cuestión de minutos, ya estaban dentro del coche. Cada uno guardó silencio por respeto al chofer y al escolta que iba en el puesto de delante.
La tormenta estalló tan pronto entraron al ascensor.
―¿Qué era lo que te decía el imbécil que estaba al lado tuyo en la cena?
―Cosas… ―le contestó ella mientras se miraba las uñas.
―¡Eres una descarada!
Lali levantó la vista enseguida.
―¿Descarada yo? ¡Yo! El descarado fuiste tú y tu amiguita.
―No me cambies el tema. Ese imbécil te estaba coqueteando y le respondías muy bien.
―Yo no soy como tú. Parecías muy tranquilo con la mano de esa mujer en tu
mejilla.
Lali observó las luces del ascensor. Deseaba llegar a la tranquilidad de su cuarto cuanto antes.
―¿De qué estás hablando? Y mírame cuando te hablo.
―Cuando salí del baño los observé y los vi muy acaramelados. ¡Te reías con ella! ―gritó― ¡Con ella! La mujer con la que tuviste una aventura mientras yo estaba como una soberana imbécil esperándote en Nueva York.
―No sabía que existías.
La puerta del ascensor se abrió y una Lali sulfurada tiró el bolso en la primera mesa con la que se tropezó.
―Sí, esa es tu maldita disculpa siempre ―siguió hablando mientras caminaba a la habitación. Peter la siguió―. ¡Pues no me sirve! No quiero ver otra mujer rondándote, Peter, o no respondo de mis actos. Tú eres mío y yo no comparto. Si deseas libertad entonces estás con la mujer equivocada y en ese caso es mejor que cancelemos la boda.
Él abrió los ojos sorprendido.
―Lali, ya estamos casados.
―¡Ah! Ahora sí estamos casados. Ahora sí que te sirve la ceremonia a la que no le encuentras validez.
Peter cerró la puerta al entrar en la habitación. Ella se dio la vuelta con los brazos en jarras y esperó a que él hablara. Peter estaba apoyado en la puerta con las manos atrás, se había soltado el corbatín del esmoquin que le colgaba a cada lado. «Es un hombre guapísimo», pensó Lali en medio de su rabia, fuera de serie. ¿Cómo no iban a ir tras él las demás mujeres? Detestaba las escenas de celos, siempre había juzgado de forma dura las escenas de Peter; ahora lo entendía.
La herida de los celos era una sensación horrible. Al verlo tan seguro de sí mismo sintió que le rechinaron los dientes. Lali era una mujer orgullosa, no quería que él evidenciara las inseguridades que la acongojaban todos los días, pues a veces pensaba que no era buena para él. Pero ni loca le haría saber lo que le atormentaba.
Forcejeó con la cremallera del vestido, este cayó a sus pies y dejó su cuerpo al
descubierto, medias de liguero azul transparente e interiores y sujetador a juego. Entró al vestidor a cambiarse, pero la voz de Peter la dejó en su sitio.
―Déjate las medias. Quítate todo lo demás, pero déjate las medias.
Entonces, se giró furiosa y caminó hacia él.
―¡Por Dios, Peter! Estamos hablando de la boda y tú me hablas de mis medias. Eres un retorcido.
―La boda no está en discusión ―le contestó en tono de voz oscuro―. No tengo nada con Delia ni con ninguna otra, y me molesta que coquetees con cualquier tipejo en cuanto te sientes insegura.
―¿Insegura yo? ―le interrumpió― ¡Estás loco! Yo no estoy insegura.
―Ja.
―Te lo advierto y te lo repito, Peter ―hizo énfasis en las palabras sin dejar de mirarlo―: no quiero que mires a nadie más. Eres mío. No voy a permitir que otra mujer te ponga las manos encima ―se sulfuró de nuevo―. Me molesta que haya sido precisamente ella. Esa mujer te conoce, sabe qué aspecto tienes desnudo. ¡Me enferma que la hayas tocado!
A continuación entró en el vestidor y salió con una camiseta puesta. Se había dejado las medias. «Bien», pensó Peter para sí. Sonrió nervioso ante sus reclamos… y encantado. ¿Por qué no?
Contento de ser por lo menos una vez el que recibiera sus reclamos por celos. La parte de él que sabía que tenía que compartirla con el mundo se regodeaba satisfecha al ver la furia y la posesividad de su mujer, y en ese momento deseó llevársela a la cama y demostrarle con hechos todo lo que sus reclamos obraban en él. Pero no podía. La dejó explayarse mientras observaba el lóbulo de su oreja y se imaginaba posando su boca en el o cuando llegara el momento de quitarle las medias y pudiera acariciar su piel. En ese instante la llenaría de besos hasta detrás de las rodillas, que había descubierto hacía días que era un punto muy sensible. Eso, sí las ganas de poseerla no se atravesaban como si fuera un chaval.
―Ven aquí ―le señaló con voz ronca.
―Ven tú.
Él simplemente sonrió, caminó hasta ella y la atrajo a su pecho. La notaba reticente.
―Me has hecho muy feliz este rato.
Ella lo miró confundida.
―Arrepentido no pareces.
―Me encanta tu reacción. Deseo que me celes, quiero que me celes, nunca te guardes nada.
―Estoy muy molesta ―le dijo ella contra su pecho.
―Lo sé. Discúlpame si te hice sentir mal. No tengo nada con nadie, solo existes tú ―le tomó la cara con las dos manos―. No sé qué me sucede contigo, pero esto que sentiste ahora es lo que siento yo multiplicado por cien, al ver que les sonríes a otras personas. Tengo celos de todos los que te rodean, los que acaparan tu tiempo. Me alegra saber que no soy el único que siente igual.
―¿Por qué esa desconfianza? Yo nunca te faltaría, no tengo ojos para nadie más. Así ha sido desde que te conozco. Eres el centro de mi vida ¿Por qué no te das cuenta?
―Lo sé mi amor, lo sé. Es algo mío, en lo que tengo que trabajar.
―Sí, pero eso no quita hierro a lo que discutimos antes, Peter. No quiero ver rondando a nadie alrededor tuyo. Esa mujer sabe cómo eres cuando haces el amor. Dime algo, Peter. ¿Cómo te sentirías si yo hubiera tenido un amante y me encontraras en actitud cariñosa con él?
Se le ensombreció la mirada.
―No querrás saberlo ―se alejó de ella, y se quitó la chaqueta y la camisa en silencio. Ahora era Lali la que lo observaba recostada en la puerta. Ambos evitaban la cama. Él se acercó de nuevo a ella, deseaba preguntarle algo, empezaba y declinaba la voz hasta que no se aguantó:
―¿Hubo alguien en Nueva York?
―No ―respondió ella recordando el beso de Simón.
―Contestaste muy rápido. No puedo creer que en todo ese tiempo nadie se haya acercado a ti.
―Sí se acercaron, pero no me interesaba ninguno. Hubo un amigo colombiano.
―¿El amigo colombiano tiene nombre? ―El tono de voz era tranquilo, pero con un sustrato tenso.
―Simón Arechavaleta.
―¿Qué pasó con él? ―preguntó con gesto crispado.
―Lo besé.
Peter abrió la boca sin poder creer lo que oía. Luego, con semblante furioso se acercó a ella.
―¡Eres una descarada! ¿Cómo que lo besaste? Tú a mí nunca me besaste,  siempre era yo el que te besaba, el que te rogaba. ¡Conmigo no tomaste la iniciativa! Además, tú no tenías anmnesia.
―¡Estaba furiosa! Por culpa de esa maldita revista, tú te estabas revolcando con esa furcia y yo estaba sola. Creía que no me querías y que nunca volverías conmigo. Pero salió mal, me sentí peor, vuelvo y te lo repito. Nunca te he faltado, pero tú no puedes decir lo mismo.
Él se acercó a ella y la aprisionó contra la puerta.
―¿Quieres que te cuente algo? Cuando estaba con otras mujeres te atravesabas
en mis pensamientos sin saber quién eras y me veía besándote y acariciándote. ¿Quieres saber cómo me sentía después de estar con alguna mujer? Como una mierda.
―Eso es enfermizo.
―Tienes razón. Ya no me apetece hablar más. Tengo mucho trabajo esta noche.
―¿Qué dices?
―Necesito borrar todo rastro, todo recuerdo que tengas de ese tipo.
Dejó caer la cabeza sobre ella y buscó su boca de forma ansiosa. Lali le sujetó ambos lados de la cara y le devolvió el beso con la misma intensidad. Ese gesto estaba plagado de celos, de rabia, de necesidad. Le invadió un deseo indescriptible al sentir las caricias de Melisa en su pecho.
―¿Cómo es posible que, aun después de estos meses, «me pongas así»?
Le quitó la camiseta y se la comió con la mirada. Se arrodilló ante ella. Sonrió al acariciar con la yema de los dedos el encaje de la parte superior de las medias. Un dedo se coló en el pequeño espacio entre la media y la piel. Le soltó el liguero y acarició la longitud de las piernas, despacio, sin dejar de mirarla. Sonrió de nuevo.
―No te rías. No lo mereces ―le dijo ella, seria.
―Pero no te puedes aguantar. Te encanta complacerme.
― ¡Vanidoso!
―No te das cuenta, ¿verdad? Así me tienes siempre, de rodillas, a tus pies.
Veneró sus piernas con la boca, hasta que la escuchó gemir y revolverse inquieta. Al llegar a la parte interna de uno de los muslos no lo pudo evitar y le dio un pequeño mordisco que sabía le dejaría marca.
Ella solo suspiró. Él se puso de pie y acarició con los ojos sus pechos, hasta que pegó su boca a uno de ellos, mientras estimulaba el otro con el dedo pulgar e índice. Lo chupó, lo succionó y jugueteó con él  Lali arqueó la espalda por el placer que le prodigaba. La soltó un momento sin dejar de mirarla para quitarse los pantalones y la ropa interior, los alejó de una patada. Ella le sostenía la mirada con la respiración agitada y le asió el pene con ansiedad. Peter cerró la mano sobre la de ella, imponiéndole un ritmo a su caricia.
―No es mi intención tirarme sobre ti como animal en celo tan pronto te tengo
desnuda. Mereces más preliminares, mi amor ―confesó con impaciencia y pegó su frente a la de ella―. Parezco un adolescente.―Te tengo a mi lado, desnudo y
excitado. No necesito más ―Lali sintió que la respiración se le entrecortaba al observar el fuego que ardía en sus ojos.
―Gírate ―Lali empezó a masajearle las nalgas―. Me tienes loco ―susurraba en tono enardecido mientras la abría más de piernas. Peter acarició su piel desnuda con reverencia, la espalda, el contorno de la cintura, la redondez de las nalgas, hasta que llevó la mano entre los muslos, al tiempo que separaba su cabello que caía a un lado y dejaba su apetitoso cuello al descubierto. No resistió las ganas de chupar esa porción de piel caliente y sedosa, la mordió y luego repasó con la lengua la marca rojiza. Inspeccionó su centro con caricias experimentadas que la hicieron gemir y arquear las caderas.
Lali separó la cara de la puerta y le ofreció los labios. Peter los saboreó, los mordisqueó.
―Tienes la vagina toda mojada y muy, muy caliente, amor.
―Te necesito ahora…
―¿En serio?
―Por favor… ―gemía desesperada.
―Tus deseos son órdenes para mí ―le contestó besándola de nuevo y abriéndose paso entre su boca con la lengua. Fue un beso apasionado que los hizo estremecer de pies a cabeza. Le levantó las nalgas.
Lali quedó de puntillas. A continuación la penetró con una fuerza de invasión que hizo que la puerta se meciera y la cabeza de ella cayera hacía atrás en un acto reflejo. La mandíbula de Peter descansaba en uno de sus hombros y el cálido aliento enviaba llamaradas a la piel del cuello.
―Me muero por ti ―dijo él turbado entre resuellos.
―Yo también ―contestó ella entre suspiros.
Peter le separó las caderas de la puerta, se acomodó mejor y siguió penetrándola rápida y fuertemente. Lali percibía que el corazón le iba a estallar, sus senos se estrellaban contra la madera, los vertiginosos latidos eran como si estuviera corriendo un maratón. El placer la trastornaba y se apoderaba de su pelvis, imprimiéndole un ritmo tan antiguo como el tiempo.
Peter gemía de placer al escucharla gritar, satisfecho al ver que no podía resistirse a la locura que los invadía, haciéndolos uno solo. Le devoraba los labios, el cuello y los hombros. La puerta se mecía al ritmo de sus embistes. El ruido solo era amortiguado por los suspiros lastimosos de los dos. Lali sintió el calor en su centro, que originaba la explosión de luz y sensaciones que le invadían todos los miembros. Al girarse a mirar a Peter se percató de su gesto rígido, del esfuerzo con el que se empeñaba en no eyacular, para que ella lograra la satisfacción, de su piel caliente y sudada, de lo hermoso que estaba. Con un clamor profundo, Peter logró su climax de manera demoledora, insondable y muy placentera.
Salió de aquel estado temblando y aferrado a ella. La llevó a la cama. Se acostaron abrazados. Él se encajó en su cuerpo como en una media luna. Un silencio cómodo los mecía.
Lali estaba aletargada pegada al cuerpo de su esposo. Le acariciaba el brazo, con el que él le rodeaba el vientre y la cintura.
Pensó que dormía cuando le habló en voz baja.
―Te vi en Nueva York antes de recuperar la memoria.
―¿Cómo?
—Fui a Nueva York un par de días —no le diría que había viajado con Delia, no quería desatar otra pelea—. Te vi caminando por la avenida Madison.
―¿De veras?
—Sin saber quién eras te buscaba, sin saber quién eras te reconocí. Experimenté una sensación de añoranza tan grande que hizo que corriera detrás de ti.
― ¿Por qué no me alcanzaste?
―Porque un maldito semáforo en rojo se atravesó y cuando crucé tú ya no estabas.
Ella se dio la vuelta entre sus brazos. Le acarició el rostro, el ceño, la mejilla, sintió que la ternura la invadía y lo abrazó.
―Te adoro.
―Lo sé, mi amor. Con esto que te cuento deseo que te quede claro que siempre estuviste aquí ―se señaló el corazón―. Nada ni nadie tuvo importancia en ese tiempo, solo el deseo de saber quién eras.
―Gracias.

Capitulo medio largo por que no estuve subiendo como prometi :( 
este lunes entro en examenes mensuales voy a ver si subo esa semana , pero no prometo nada.
me encanta que comenten chicas y bienvenidas las chicas nuevas me alegra que les guste la nove ! :D
besos las quiero chicas!
@sofi_blog