domingo, 9 de marzo de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 2

CAPITULO 2


Lo encontró junto a la mesa de la cocina cortando unos trozos de fruta en un bol. Sus ojos de musgo descansaron en ella. Lali sonrió orgullosa de saber que ese hermoso hombre le pertenecía. Caminó hacia él y apoyó el rostro en su espalda y le pasó las manos por debajo de los brazos hasta posarlas en su pecho. Vestía un bañador y tenía el torso desnudo. Besó su espalda y le acarició los pectorales. Lo oyó suspirar.
―Buenos días, amor de mi vida.
―Buenos días, preciosa.
Lo aferró más a ella.
―Lali, ¿qué pasa?
Era incapaz de decirle la verdad.
―Que soy muy feliz, que tengo el marido más guapo del mundo, además de trabajador y…
Peter gruñó, dejó enseguida lo que estaba haciendo, se giró despacio, se limpió las manos con una toalla de cocina y las apoyó en la mesa.
―¿Qué pasa, mi amor? Si es por lo ocurrido anoche, no tienes que…
Ella se perdió en su mirada y se arrebujó en él, para pegar la nariz y aspirar su aroma. Susurró algo que él no entendió.
―¿Cómo? ―la sujetó por la nuca y le levantó el rostro.
―Tengo miedo ―le confió con los ojos cerrados, negándose a mirarlo.
El tono de voz en el que fueron pronunciadas las palabras lo enterneció. La contempló unos segundos en silencio, le apartó un mechón de cabello y le besó la nariz. Luego la llevó a una de las sillas y la sentó en sus piernas como si fuera un bebé. Cogió sus manos y le besó las palmas.
―¿A qué tienes miedo?
―A que todo sea un sueño, que vuelvan a separarnos. A que me dejes de amar, a no poder darte hijos.
―Shsss… Tranquila, mi amor.
―Es que…
Acercó la cabeza y sus labios encontraron la boca de Lali dócil y dispuesta. La besó con suavidad, saboreándola, disfrutando como siempre de ese momento mágico que solo ella le brindaba. Segundos después le habló al oído.
―No es un sueño y te lo puedo demostrar ahora mismo ―sonrió ante la mirada de ella―. Nadie volverá a separarnos, te amaré hasta el último día de mi vida y más. Te daré hijos e hijas con tus ojos y tu corazón.
La única promesa que tenía asidero era que la amaría hasta el día que muriera, que la locura que había empezado en Cartagena lo acompañaría hasta el día de su muerte. Lo sentía en lo más profundo de su alma. Vivir sin ella era como tratar de vivir sin un corazón, imposible. Pero para el resto de promesas debía revestirse de fe, sí, únicamente la fe haría que ellos tuvieran la vida que merecían. La sintió algo más tranquila. La abrazó y la besó para arrasar con los malos pensamientos. Él también necesitaba convencerse de que nada saldría mal.
―Júrame que no nos separaremos más, Peter―insistía ella.
―Te lo juro por tu vida que es lo más valioso para mí. Te lo juro.
La expresión de Peter cambió enseguida a un gesto oscurecido por el deseo. Solo ella contaba con la capacidad de hacerlo arder con una simple caricia o con su tono de voz suplicante y demandante.
Cuando pronunciaba su nombre, solo podía imaginarla gimiendo entre las sábanas.
La levantó y la tumbó en el sofá que tenía más cerca. Entre besos ansiosos y desaforados la cubrió con su cuerpo. Deseaba aguantar un poco la pasión. Desde el regreso anhelaba poseerla con urgencia, como si se la fueran a arrebatar de un momento a otro. Necesitaba respirarla, respirar a través de ella.
Ansiaba dominarla con ímpetu de pasión. Arrancarle la ropa, hacerla suya mil veces más, atar su cuerpo al de ella desde la punta de los pies hasta lo más profundo del alma. Atravesarle la boca con la lengua hasta más allá de la garganta. « ¿Cuándo cesará esta locura? ¿Cuándo?» se preguntaba mientras la observaba ruborosa y apasionada. Melisa arqueó la espalda al entrar en contacto con el pecho de Peter y empezó a gemir cuando sus manos emprendieron el camino de los pechos.
―Me calientas tanto… ―le susurraba mientras la despojaba del vestido de baño y hundía los dedos entre sus nalgas, al tiempo que la acomodaba para disfrutarla.
―No era mi intención ―contestó ella con simulada seriedad a punto de soltar la carcajada. Lo deseaba todo el tiempo.
La fulminó con una mirada inexorable y en tono ronco le ordenó:
―Quiero que sea tu intención siempre.
Se amaron en el sofá. La cabaña fue testigo de los gemidos desmayados de Lali, de las aspiraciones roncas de Peter, de la liberación de los dos, del deseo de Peter de llegar con sus embestidas a algún punto inalcanzable, de las palabras de amor que se alejaban para perderse con el sonido de las palmeras silbantes y de las olas del mar. Cuando cayó exhausto sobre ella, la acarició con ternura y le besó la frente, le puso el cabello detrás de la oreja y aspiró su aliento mientras saboreaba sus labios entreabiertos. Ella sonrió con los ojos aún cerrados.
―¿Por qué sonríes?
―Porque tan pronto abra los ojos me voy a encontrar al hombre más hermoso que he visto.
Él soltó una carcajada y le acarició el abdomen.
―Hermoso ―le dijo en tono jactancioso―. Entonces soy hermoso.
―¡Por Dios! ¿Qué he dicho? ―abrió un ojo y le sonrió―. Lo que hacemos las mujeres después de un orgasmo.
A continuación trató de levantarse, pero su marido tenía otros planes.
―Dicen siempre la verdad.
Se deslizó con ella y a punta de cosquillas y jugueteos le hizo repetir y prometer todo lo que se le ocurrió.
El resto del día pasearon por la playa, se tumbaron al sol y por la tarde recorrieron la ciudad y los alrededores. Lali compró artesanías y un bolso tejido por los indios arahuacos. Llegaron a la cabaña y se bañaron juntos después de hacer de nuevo el amor.
Peter le había pedido antes que se arreglara para una cena formal. Lali pensó que volverían a salir, pues no le había dicho nada más. Cuando se reunieron en la sala, Peter silbó por lo bajo.
―Estás hermosa.
―No tanto como tú.
Peter le sonrió con gesto de complacencia. Vestía un pantalón de lino y camisa suelta de lino también. A Lali le recordó la noche de su primera cena en el restaurante de Cartagena.
El vestido de ella era sencillo, de color hueso de algodón por debajo de la rodilla, sin mangas y un pequeño escote que mostraba algo de piel ligeramente bronceada. La tomó de la mano y la llevó por un camino de antorchas a unos metros de la playa, a una mesa arreglada de forma elegante. Un amable camarero se acercó.
―Mi amor, ¡qué sorpresa!
―Para ti lo mejor.
Habían actuado de manera sigilosa, pues Lali no se había dado cuenta de nada. Se le había hecho extraño que Peter hubiera mandado prender algunas antorchas, pues les tenía prohibido a los escoltas que se acercaran a la cabaña. Estaba encantada, la comida había sido encargada a uno de los mejores restaurantes de la ciudad y consistió en un plato de mariscos bañado en vino blanco y ensalada griega.
La noche era perfecta, la luna brillaba y una suave brisa mecía las palmeras casi al mismo ritmo en que arribaban a la playa las olas del mar. El momento era mágico, el amor flotaba en el ambiente. A los lejos llegaban los acordes de una canción desde el equipo de alta fidelidad que había en la cabaña.
Peter la invitó a bailar, se pegó a su cuerpo al ritmo de un bolero instrumental. No era buena bailarina, pero junto a él flotaba. Peter posó sus manos en las nalgas.
―¡Atrevido! ¿Qué dirá el camarero? ―le susurró Lali algo apenada.
―¿Muy atrevido? ―la acarició con más ímpetu y la pegó más a él―. Lo despaché con un gesto hace unos segundos. Estamos solos.
―Tus vigilantes están por algún lado y tenlo por seguro que no te quitan la vista de encima.
―Les di un rato libre, no te preocupes.
La abrazó y le susurró al oído, con una voz profunda y oscura que la hizo estremecer, la canción de la melodía que les llegaba desde la casa: «Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez». En ese momento la obligó a mirarlo y le siguió cantando: «Que tengo miedo a tenerte y perderte después». Peter dejó de cantar y volvió a pegarla a su pecho. Lali estaba más allá de la emoción, parecía que su corazón iba estallar de gozo por la felicidad compartida. Al terminar la canción volvieron a la mesa. Peter no dejaba de mirarla, sacó una pequeña bolsa de terciopelo azul oscuro y se la extendió.
―Mi amor…
Peter deseaba llenarla de joyas de la cabeza a los pies, pero sabía que eso no haría feliz a su esposa. Sin embargo, en cuanto vio la piedra de la joya que Melisa extendió en sus manos, mandó diseñar
lo que para él era un símbolo de su amor.
―Peter…
Él sonrió ante el gesto de ella.
―¿Te gusta?
―Es… ― expresó sin aliento― preciosa.
Era una hermosa gargantilla en oro blanco, con las iniciales de los nombres de los dos unidas por un corazón que era un diamante azul claro incrustado en una montura de diamantes plateados. Lali nunca había visto una piedra tan perfecta. Era un fino trabajo de joyería. Peter la contemplaba expectante.
A Lali se le aguaron los ojos ante lo que significaba o lo que creía ella que significaba, y no se equivocó.
―En cuanto vi la piedra te recordé en la playa de Barú. Te he dicho mil veces que el color de tus ojos es el mismo ―carraspeó, emocionado. Peter se levantó, llegó hasta ella y tomó la cadena en sus manos―. Esa tarde me hechizaste y bendito sea el momento en el que mi corazón dejó de pertenecerme. Es todo tuyo. Obsérvalo, está ocupado por ti. Es un símbolo de mi amor que quiero que lleves siempre. Tienes mi corazón en tus manos.
Le puso la joya con gesto nervioso y cuando abrochó el cierre no pudo evitar acariciarle la nuca. Ella sintió que esa caricia la quemaba, quería deshacerse bajó el toque de sus manos, derretirse de amor en esa playa mágica.
Lali nunca olvidaría esa noche, la luna inmensa, las estrellas desparramadas en el cielo, y la mirada verde musgo de su Peter que la envolvía, la esclavizaba y la liberaba, la hacía sentirse viva.
―Mi amor ―le dijo emocionada―, te amo. La vida no me alcanzará para dar rienda suelta a este amor que siento por ti. Quiero despertar todos los días entre tus brazos, reír entre tus labios y que me mires así siempre.
―Quiero que te cases conmigo.
Ella sonrió.
―Ya estamos casados.
―Por la Iglesia.
―A los ojos de Dios ya estamos casados ―contestó reticente.
―Necesito hacerlo, amor ―señaló él, mientras trataba de convencerla.
―No es necesario, me siento tu esposa desde hace mucho tiempo ―le sonrió y le acarició el rostro―. Hay un papel firmado por ahí, en algún lado ―contestó queriendo quitar hierro al asunto.
Había estado tan disgustada con Dios por todo lo ocurrido que le parecía una hipocresía plantarse delante de un sacerdote para bendecir la unión, pero Gabriel pensaba diferente; es más, él, que había sido poco creyente o hasta donde ella sabía, la arrastraba a la iglesia los domingos.
―Quiero empezar de cero.
― ¿Por qué?
―Mi amor, quiero poner el mundo a tus pies. Nunca imaginé, cuando nos conocimos en Cartagena, que pudiera existir un sentimiento semejante. Me haces el hombre más feliz del mundo y quiero que tú sientas igual. Me has dado muchas cosas. Te dije una vez que a tu lado soy mejor persona. Por favor, todo esto que siento quiero que lo bendiga Dios.
Ella lo miró dubitativa.
―No sé…
Él le aferró las manos y le dirigió una mirada punzante. Parecía adivinar todo lo que pasaba por la cabeza de ella.
―Mi amor, Dios impidió que yo terminara con mi vida en esa selva.
―Peter, me matas ―le decía ella con la voz entrecortada de angustia―. Él no te ayudó, dejó que te refundieras todo ese tiempo.
―Cariño ―ella cerró los ojos de golpe―, escúchame, por favor. ¿Si tú no lo haces entonces quién? No lo hago por atormentarte, solo quiero que me entiendas. Estás equivocada, Dios guió todos mis pasos, me libró de cosas peores y me dio la esperanza de un mañana mejor. Sin él no habría durado ni un mes. Viví en un infierno y, sin embargo, había pequeñas cosas que me indicaban que Dios estaba conmigo. Me visitabas en sueños, mi corazón te recibía por las noches. Te sentía, Melisa, sin saber quién eras y si eso no es un jodido milagro, entonces no sé qué más puede ser.
Se miraron con fijeza. Para Lali, la visión de Peter se tornó borrosa.
―No soporto pensar en todo lo que tuviste que pasar ―Peter la abrazó y le acarició el cabello.
―Estamos de nuevo juntos y es lo único que me importa. No te voy a presionar más, si no deseas casarte por la Iglesia está… ―ella lo acalló con un dedo en los labios que convirtió en caricia, fijó su mandíbula con la otra mano. Lali haría cualquier cosa por él. Su esposo había sufrido algo abominable, algo que no debería sufrir nadie en este mundo. A pesar de toda su fuerza guerrera era un hombre herido, vulnerable y ella no le iba a dar motivos de preocupación.
―¿Cómo puedo negarte algo si eres el centro de mi vida? Si todas las mañanas tengo el privilegio de despertarme al lado del mejor hombre del mundo, el hombre que amo por encima de todo. Hagámoslo mi amor.
―¿Estás segura? Quiero una boda por todo lo alto, pero si deseas algo más íntimo lo haremos.

Aparte de los motivos que le dio a Lali, Peter deseaba en el alma borrar la manera tan detestable con que la había tratado su familia durante el secuestro. Aunque después sus padres la hubieran compensado de alguna forma, el remordimiento seguía ahí. Después del trato que le había dispensado él en Nueva York, deseaba crear nuevas vivencias. Además, aunque la noticia de la implicación de Lali como sospechosa del plagio nunca estuvo en los medios, su padre se aseguró de ello, no quería suspicacias, ni malos entendidos, y la mejor forma era haciendo un casamiento con todas las de la ley. Necesitaba mostrarle al mundo que Lali era suya en cuerpo y alma, que esa mujer excepcional le pertenecería para siempre.

LAAAAS EXTRAÑE , PERO ESTUVE MUY OCUPADA , LO SIENTO .
LAS AMOOO! , BESOS!
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domingo, 2 de marzo de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 1

Capítulo 1

Corría como si la vida le fuera en ello y así era. Con la respiración agitada y el corazón a punto de tiro, miraba hacia atrás de vez en cuando. Solo veía el verde de la selva, que parecía correr detrás para tragárselo, y los árboles que se extendían como flechas hasta el cielo. Percibía las grietas y las trampas de maleza a su paso. Escuchaba el susurro de los animales, el revoloteo de alas invisibles. El intenso olor a clorofila y humedad le produjo náuseas y entonces lo sintió. Alguien lo cogía de la cadena que tenía amarrada al cuello, tiraba y tiraba, lo que le produjo asfixia. Trataba de defenderse con las manos, pero era inútil. Otra vez volvía al hueco negro en el que había estado refundido casi dos años.
―¡No! ¡No voy a volver! ¡Malditos, malditos!
―¡Peter para, por favor, despierta! ―Melisa lo movía para sacarlo de la pesadilla en la que se encontraba. Su cuerpo se sacudía bruscamente y los dolorosos quejidos le partieron el alma.
Abrió los ojos asustado. Aún estaba inmerso en el espejismo.
―¡No! ¡No! ―gritó, acostado, todavía manoteó en el aire, lo que hizo que Lali brincara al extremo de la cama para evitar un golpe.
―Mi amor, estás a salvo, estás conmigo ―Lali se acercó de nuevo y se tendió junto a él.
―¡Dios mío!
Peter se levantó enseguida y se sentó en la cama con los codos sobre las piernas y la cabeza entre las manos. Era la cuarta pesadilla en los tres meses que llevaban juntos. Se dio la vuelta y la miró con temor.
―¿Te he hecho daño? ¿Estás bien?
La primera vez que ocurrió la había lastimado, pero ella sabía que Peter aún no se perdonaba por eso. Estuvo una semana sin dormir con ella. Era un hombre orgulloso y Lali estaba al corriente de que no le gustaba mostrar vulnerabilidad en ninguna faceta de su vida. Le había dado unos días para que se calmara, pero al ver que pasaba una semana y persistía en ello, había entrado una madrugada al cuarto de huéspedes y le había dicho que si no podía compartir lo malo, entonces tampoco estaba lista para compartir lo bueno y que volvería a su casa. Peter en principio se negó, suplicó, discutieron, hasta que accedió a dormir de nuevo con ella a regañadientes y con muchas reservas.
Ella se arrodilló en el lecho y le acarició la espalda cubierta por una película de sudor. Trató de abrazarlo, pero él fue más rápido y se levantó de golpe. Caminó como fiera enjaulada, se llevó las manos atrás de la cabeza.
―No debería dormir contigo.
―Ya lo hemos discutido.
―Estás bajo mi responsabilidad. Aceptémoslo hasta que termine la terapia.
―Mi lugar está en esta cama contigo y con todo tu equipaje.
A pesar del tono suave empleado por Lali, Peter sabía que nada la haría cambiar de opinión.
Cuando ella quería, era pura roca.
―No quiero volverte a lastimar.
―No lo harás ―le contestó ella con convicción―, porque te apoyarás en mí.
―¿Así como tú te apoyas en mí? ―el reproche en su tono fue evidente, pero al ver su expresión se arrepintió enseguida de sus palabras. La abrazó angustiado―.  Mi amor. Te necesito tanto, tanto… Eres mi sanación, mi amor, mi amor, mi amor…
―Aquí estoy para ti.
El ansia tan elocuente con que la había sujetado hizo que Lali lo abrazara con vigor para calmarlo.
Dejó la angustia a un lado y se vistió de ternura para él. Se volvieron a acostar, abrazados. Peter apoyó la cabeza en el pecho de Lali y cerró los ojos. Ella le acariciaba el cabello
―Descansa, mi vida. Te prometo que mañana todo irá mejor.
―Deseo que esas horrorosas pesadillas queden atrás ―le susurró después de un bostezo.
―Quedarán enterradas bajo miles de momentos felices. Te lo juro.
Era viernes y habían llegado a la cabaña de Santa Marta a últimas horas de la tarde. Peter llevaba dos meses inmerso en una fusión importante de una de sus empresas y le había pedido, no, pedido no… exigido un par de días en la soledad del lugar. La respiración de Peter se normalizó, lo que indicaba que ya se había dormido. Para lali fue más difícil conciliar el sueño. Deseaba tanto ayudarlo. Para
Ser un hombre que había sufrido la experiencia de un secuestro había evolucionado muy bien. Los ataques de ansiedad no se habían vuelto a repetir y ya había reanudado su vida social, en la que ahora estaba incluida ella. Las pesadillas y los recuerdos eran lo único que quedaba de la amarga experiencia.
Lali despertó horas más tarde y observó a Peter que dormía boca abajo con medio cuerpo enredado en la sábana. El rostro varonil de su esposo estaba relajado, quiso acariciar su frente, delinear las cejas, pero no quería despertarlo. Ella sonrió ante el largo absurdo de sus pestañas, las envidiaba.
Se percató de que las líneas alrededor de la boca se estaban desvaneciendo. No quedaban rastros de lo ocurrido la noche anterior, por lo menos en su apariencia externa. Se levantó despacio, se vistió deprisa, intentó silenciar sus acciones y salió de la habitación. Hasta ella llegaban los rayos de sol del amanecer y el sonido de las olas del mar. En la cocina puso la cafetera y anduvo rumbo a la playa, como hacía todas las mañanas que visitaba aquel lugar.
El paisaje se abrió ante ella como una hermosa postal. Dio gracias al cielo por poder disfrutarlo y por la bendición de tener a Peter de nuevo en su vida. Lo adoraba, era un sentimiento que iba más allá de todo lo que había vivido hasta ese momento. Su semblante se ensombreció un poco, al saber que ese mes tampoco le daría la noticia tan anhelada por ambos, más por ella, que deseaba tanto quedar embarazada, pero parecía que la vida tenía otros planes. Hacía tres meses que habían vuelto. Todavía era muy pronto para consultar a un médico y a lo mejor todo lo ocurrido le pasaba factura a su cuerpo, lo que podía ocasionarle algún ligero desorden. Esperaba que fuera eso y no el aborto que había sufrido

Tiempo atrás. A veces pensaba que vivía en un sueño. Había estado mucho tiempo sin permitirse ser feliz y otras veces pensaba que un mal designio acabaría de nuevo con todo, como hacía dos años. Ese era uno de los temores que se guardaba para sí y, por lo visto, no lo había hecho bien, porque Peter la tenía calada. No le pasó desapercibida la pregunta de la noche anterior. Le guardaba sus recelos para no abrumarlo. Desde que habían vuelto, encontraba cualquier pretexto para estar con él. Las horas que Peter pasaba en la oficina se le hacían eternas y cuando llegaba buscaba enseguida su contacto de manera alucinante. Le acariciaba el rostro, le besaba los labios y los ojos, lo tocaba en todo momento, le aferraba la mano y sabía que Peter adivinaba su condición porque estaba peor que ella. La llamaba decenas de veces a lo largo del día y la reñía si se retrasaba en alguna diligencia. A veces lo notaba avergonzado y le decía que no deseaba ahogarla o privarla de hacer sus cosas, pero el temor a perderla ganaba cualquier batalla en su interior y con eso su marido no jugaba. A continuación observó el mar otra vez y se levantó para volver a la cabaña.

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EPILOGO DVATA : SINOPSIS

Sinopsis

Lali y Peter afrontan de nuevo el reto de estar juntos. Sin embargo, el peso de sus sufrimientos y el tiempo que duraron separados, aún media en la relación. Empieza el verdadero caminar, donde las inseguridades y los temores van de la mano de su inquebrantable amor. Se renuevan promesas y sentimientos.
En el epílogo de esta historia; Lali y Peter como el Ave Fénix resurgen de las cenizas y se reconcilian con el pasado, para dar la bienvenida a la nueva vida que los espera.     

sábado, 22 de febrero de 2014

CAPITULO OCHENTA Y SEIS

CAPITULO OCHENTA Y SEIS

Pasaron los minutos y cuando pudo recuperar la voz, dijo:
—Me duele que hayas sufrido tanto.
—Vamos a la cabaña, tengo sed.
—Te haré una limonada —dijo ella solícita, se limpió la cara con ambas manos, y caminó rápido hasta la casa. Necesitaba calmarse. Quería recomponerse de todo lo que había escuchado. Inspiró mientras trataba de normalizar la respiración.
Abrió la nevera que estaba equipada con toda clase de alimentos, colocó en el mesón de la cocina media docena de limones grandes. Los lavó y secó, y luego procedió a cortarlos por la mitad. Sacó un recipiente de agua de la nevera. Cuando se sintió dueña de sus emociones, levantó la mirada y dio de lleno con la mirada concentrada de Peter.
Él se acercó a ella por detrás. Colocó sus manos sobre las de ella, y siguió cada uno de sus movimientos mientras que con la boca le rozaba el lóbulo de la oreja.
Lali  sonrió ya más calmada, y disfrutó de cada caricia que le brindaba su marido, no se le ocurriría separarse por nada del mundo.
—¿Cuántos limones le echamos al agua? —susurró con la respiración entrecortada.
—Los que quieras —le respondió él, en un tono de voz que evidenció, que pensaba en todo menos en los dichosos limones.
—No hay exprimidor —comprobó ella, sintiéndolo, añorándolo como nunca. Él le respiraba en el cabello, en el hombro.
Peter tomó uno de los limones, siempre con la mano de él en la de ella, y lo exprimió en la jarra.
El jugo les rodaba por los brazos.
—¿Efectivo, no? —le preguntó con voz ronca pegado su cuerpo totalmente al de ella.
—Sí, muy efectivo —le contestó con un tono de voz sensual.
Al tercer limón, Melisa extendió las manos en el mesón, que era un estropicio de jugo y limones exprimidos.
Peter le acarició las manos de arriba abajo, una y otra vez. En un momento dado empezó a acariciarle los brazos, con las manos impregnadas de jugo de limón.
—¿Será suficiente? —le dijo, al tiempo que apretaba los labios contra su hombro y llevaba el beso hasta el nacimiento del cuello.
A Lali se le doblaron las rodillas y la piel se le estremeció, como si ese beso hubiese tocado una parte de su alma.
Era dolorosamente consciente de él. La presión de su espalda. Su miembro lo sentía pegado a la cintura.
—Creo que no —dijo ella, dio la vuelta, muy despacio y quedaron frente a frente. Lali levantó los brazos y lo abrazó con un ardor que crecía minuto a minuto. Plena de dicha y con las dudas enterradas, le abrió el corazón para sanarlo con su amor.
Acercó su boca a la boca de él y lo besó como quería hacerlo desde hacía mucho tiempo, lo saboreó y lo mordisqueó, chupándole los labios hasta que él asedió el movimiento de su boca e introdujo la lengua.
La devoró sin tregua, y reconoció cada rincón con desconcierto, totalmente alterado. Al mismo tiempo tomaba posesión de cada curva y cada centimetro de piel hecha para el amor.
—¿Suficiente? —le preguntó él con un susurro apasionado y mirándola a los ojos.
—Ni de lejos —contestó ella en la misma tónica.
Cuando los pezones recibieron las atenciones de su boca, Lali empezó a gemir. Se moría por sus gemidos, se moría por ella. Su corazón brincaba acelerado de la dicha, por tenerla allí de nuevo, por saberla de nuevo suya, por volverla a sentir.
Él intensificó las caricias totalmente enardecido. Agasajó su cintura y su abdomen. Con el pulgar le acarició el ombligo. Bajó las manos y le apretó las nalgas. En un solo movimiento brusco, la despojó del pantalón del bikini.
Lali estaba excitada. Era puro fuego.
—Eres tan hermosa —lo dijo con algo de reproche en su voz, y la devoró con la mirada.
Para él era difícil darse cuenta cuánto dependía de ella para vivir. No quería sufrir más, la quería toda, en cuerpo y alma.
—¿Me perteneces? —preguntó inseguro todavía.
lali lo agarró del cabello, lo separó de ella unos centímetros, y le dijo:
—Soy toda tuya, mi amor —lo miró con sus transparentes ojos azules y con labios temblorosos le dijo: —No estoy completa sin ti. Estos dos años han sido una tortura. Te extrañé tanto…
—¿Cómo me extrañaste? —le exigió ansioso.
—Te extrañe aquí —y se llevó una mano de él al corazón—.Extrañaba sentirte dentro de mí, extrañaba tus besos, tus caricias. En las noches soñaba que me acariciabas, y era tanto mi anhelo que me dormía llorando.
Peter empezó a acariciar su centro, con caricias suaves al principio, hasta que parte del fuego de ella lo quemó y, con desenfreno, fue bajando hasta tomar con la boca su centro. Gemía desesperado mientras enterraba la nariz y la boca en su femineidad, absorbiendo su aroma con deleite, repasándola, probándola una y otra vez. Con voz áspera y lujuriosa, le dijo:
—Miel y limón, delicioso —levantó la mirada, una mirada de llena de pasión, de promesas.
Le levantó la pierna, acomodándola sobre el hombro, y se perdió en las profundidades de sus pliegues. Devoraba lo que era suyo con gula, con voracidad, para lograr lo que estaba logrando en ese instante; que su mujer perdiera el control. Ella acunaba la cabeza con sus manos, y le acariciaba el cabello. Cuando sintió los ramalazos del orgasmo, la colocó sobre el mesón, se despojó de la pantaloneta y le hizo abrir las piernas. No aguantó más y la penetró enseguida.
¡Dios! Pensó que iba a acabar enseguida; respiró agitado, y se obligó a calmarse.
Se miraron fijamente.
—Te amo, te adoro —le decía él en tono áspero y apasionado—. Eres mi vida.
Empezó a embestir suavemente, quería que durara. Pero su esposa quería otra cosa. Ella le presionó las nalgas y lo obligó a penetrarla más profundamente.
—Oh, Peter, por favor… —le decía en susurros —. Te amo tanto.
Lo besó con desesperación.
Las palabras de Lali lo atravesaron de arriba abajo y gimió cuando sintió su pene crecer aún más dentro de ella. Con los ojos cerrados vio formas de brillantes colores que iban y venían al ritmo de sus pulsaciones. Peter se desbarrancó en embestidas fuertes varias veces, y clamó como condenado cuando alcanzó el orgasmo detrás del de ella.
Ninguno de los dos podía hablar.
Peter la tomó de las nalgas, y con las piernas de ella en torno a él, la llevó a la habitación, dejando atrás un estropicio de limones y jugo. Sus propios cuerpos eran mezcla de varios olores.
Volvieron a hacer el amor con necesidad. De forma fiera al principio, como si con eso pudieran conjurar su tiempo separados.
Peter pronunció su nombre en una letanía que parecía no tener final.
Después se amaron con más calma.
Lali descansaba en los brazos de Peter, cuando le dijo:
—Al verte con la bufanda, recordé que todas las noches dormía con una chaqueta tuya a mi lado.
—¿De veras? —le preguntó él complacido.
—Sí, necesitaba tu olor para dormirme. Nunca la lavé, en el día la dejaba en una bolsa —reía al recordarlo—. No quería que se fuera tu aroma.
—Cuando encontré la bufanda, sabía que era especial. Ese día la olí y llore como no te imaginas.
—¿En serio? —sonreía ella.
—Sí, me has hecho pasar un infierno durante estos días, amor. Y siempre llevaba la bufanda en mi bolsillo.
—Las cosas del corazón —señaló Lali acariciándole el pecho—. No era mi intención hacerte sufrir. Simplemente tenía miedo de tus palabras.
—Eran mentira. Solo lo dije porque quería herirte.
—Ya no vuelvas a hacerlo.
—Te lo juro.
Se colocó encima de ella y la besó.
Ella se percató de la mancha que Peter llevaba en el cuello producto del roce de la cadena y el candado. La acarició con las yemas de los dedos, lo sintió escalofriarse. Llevó su boca y lo besó ahí.
—Desaparecerá.
Él se abalanzó sobre ella con mirada vulnerable y la besó con ardor.
Ella no tenía idea de lo que sus gestos y sus palabras ocasionaban en él.
Ella le correspondió con una ternura que estaba dedicada a sanar el cuerpo y el alma.
—Tengo algo para ti.
—¿Qué es? —inquirió sorprendida.
Peter se levantó de la cama sin decirle nada. Fue a su maletín de trabajo y sacó la pequeña caja con el libro.
—Toma, mi amor. —Se la entregó con esa mirada de ojos verdes que tenía un brillo especial solo para ella—. Lo prometido es deuda.
Lali abrió la caja con curiosidad. Sacó el pequeño libro de la caja y lo miró sin poder creerlo.
Era una edición de lujo. Peter había editado ese ejemplar solo para ella. Leyó el título: “Para Lali”. Y más abajo, el nombre de él.
Se le aguaron los ojos.
Abrió el libro en la primera página. En letra cursiva, estaba escrita una frase de William Shakespeare:
“Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo”.
Las lágrimas ya corrían por sus mejillas cuando abrió la primera página de lo escrito por Peter.
¿Sabías que mi corazón latió fuerte por ti desde la primera vez que te vi?
¿Sabías que en nuestra primera cita estuve rogando durante horas por verte aparecer?
¿Sabías que tuve en mi bolsillo el anillo de compromiso desde la segunda semana de haberte conocido?
¿Sabías que cuando me miras tus ojos resplandecen?
Ella sonrió entre las lágrimas.
—Oh, mi amor —lo besaba, lo abrazaba.
—¿Te gusta? —le preguntó expectante.
Ella lo miró como si no entendiera.
—¿Cómo puedes preguntarme eso? Lo atesoraré siempre. Es el más bello homenaje a nuestro amor.
Lo abrazó totalmente rendida, era su amor, su vida, lo amaba más allá de resentimientos. Jamás podría volver a separase de él. Era su otra mitad. Solo al volver a sus brazos se sintió completa otra vez.
—Mi amor, mi amor —le decía él mientras la besaba con pasión.
—Te amo, Peter.
Lali le tomó la cara con sus dos manos y lo miró fijamente.
—Para siempre.

—Para siempre.

FIN.

SIGUE EL EPILOGO QUE ES COMO UN PEQUEÑO LIBRO , QUE TAMBIEN LO VOY A SUBIR :) 
BESOS !
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jueves, 20 de febrero de 2014

CAPITULO OCHENTA Y CINCO

CAPITULO OCHENTA Y CINCO

 Llevaba dos horas en esa posición, casi no se había movido. Estaba acostumbrado a largas horas de quietud, pero en ese momento la situación no le molestaba.
Sus tristezas eran otras.
Recordó los dos días de su luna de miel; cada promesa, cada palabra y los sentimientos que habían acompañado esos días, se irían con él a la tumba.
Añoraba a su mujer y no sabía qué carajos iba a hacer para recuperarla. Intuía que había muchas cosas aún por recuperar de su vida, lo haría por el mismo y por ella.
Por lo menos habían menguado los ataques de ansiedad. Era un buen comienzo. Tendría que trabajar en otras áreas afectadas por el secuestro, acostumbrarse nuevamente a tener gente alrededor.
Tenía que recuperarla.
Se llevó a la nariz la bufanda que lo acompañaba desde que la encontró; era como si la hubiera encontrado a ella.
Recordaba todo de ella, sus risas, sus chistes, sus datos curiosos, su entrega a los demás… Bueno, con él no había sido tan caritativa, pero no podía ser injusto, ella también había sufrido mucho y, para colmo, él la había lastimado.
Cada vez que recordaba su comportamiento le provocaba darse de azotes.
—Hola Peter —saludó Lali acercándose.
No la había sentido llegar.
Casi se cae de la hamaca de la impresión de oír su voz en ese lugar.
Gracias, Dios mío.
Sí oíste mis peticiones.
Peter se dio cuenta de tres cosas: primero, ella estaba asustada, lo leía en sus ojos. Segundo, su mujer lo tenía atrapado, en una mezcla de amor, ternura y deseo que lo hizo sonreír de manera irónica. Y tercero, se percató de que estaba algo despeinada y sudaba a mares por el cambio de clima. Nunca le pareció más adorable que en ese momento.
Por su mirada supo que había venido por él.
No se lo iba a poner tan fácil, bastante lo había hecho sufrir.
Se haría el difícil.
Al menos durante un rato.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él con ceño y no muy cordial.
—Quería verte —le dijo ella en voz baja.
Se levantó de la hamaca.
El estómago de Lali dio un vuelco cuando vio a su marido de pie y sin camiseta.
Sí… todo musculo y tendones, suspiró sin importarle que él viera su reacción. Quería su sonrisa, sus caricias, acercarse y abrazarlo, pegar la cara a su pecho y refregarse en él, besarlo con pasión. ¿Cómo había podido olvidar todo lo vivido? ¿Cómo había podido dejarlo solo todo este tiempo? El remordimiento la asoló de repente y se dijo que le compensaría cada rato de amargura que le hubiera ocasionado. Añoraba todo lo que había vivido con él, y como eran antes de que esa tragedia hubiera dejado en suspenso sus vidas durante casi dos años. Ahora eran personas distintas, modeladas a base de sufrimientos y perdidas, pero el amor estaba intacto, y ese sería el punto de partida. Allí, mientras se perdía en el color de la mirada de su marido, se despidió del dolor por la pérdida de su bebé, del dolor por la ausencia de él, y lo más importante se despidió de su miedo y de la culpa y le dio la bienvenida a la nueva vida que crearía en torno a él.
Peter caminaba hacia ella. Era difícil mantener el ceño fruncido ante la mirada de ella, que era todo un libro abierto. Sentía deseos de soltar la carcajada, alzarla por los aires, besarla hasta quedar sin aliento y, después, llevarla a su cama y amarla de mil maneras distintas, hasta fundirse en ella. No quería menos.
Todo o nada.
Y aún no sabía cuáles eran sus intenciones.
—Peter, yo…
Se quedó callada sin saber por dónde empezar.
—¿Tu qué? —le preguntó él molesto.
—¿Qué haces con mi bufanda? —le preguntó curiosa.
Él enrojeció.
Se sostuvieron la mirada, cada uno esperando el siguiente movimiento del otro.
No le diría nada de la bufanda aún.
—¿Qué quieres, Lali? Explícamelo, por favor, estoy algo perdido— masculló con las cejas enarcadas—. Hace unas horas no querías saber nada de mí y ahora estás aquí.
—Quiero hablar contigo —lo miró con ternura, la primera mirada después del desastre de Nueva York—. ¿Vamos a dar un paseo?
Salir a dar un paseo era lo último que Peter quería en ese momento.
Ya se sentía de un talante diferente y no hacía ni cinco minutos que estaba su mujer allí. Lo único que quería era demostrarle su amor, atarla a él de todas las maneras posibles para que nunca más lo abandonara.
Quería besarla, saborearla hasta que le dijera no más.
Pero era prácticamente imposible hacerlo, no sin antes arreglar las cosas, así que aceptó su sugerencia.
—Vamos —dijo secamente, y salió sin esperarla.
Lali aceleró el paso, hasta que él se dio cuenta y se acomodó al ritmo de ella.
—Quise volver muchas veces a este lugar —le señaló Lali mientras miraba el tronco donde se había sentado la mañana de su primer día de luna de miel.
Caminó hacia él, y con el semblante poblado de incertidumbre, lo tomó de la mano.
—Yo regresé aquí casi todas mis noches del cautiverio.
— ¿Cómo fue?
—Ni te lo imaginas —la miró, y se perdió en sus ojos, en aquel momento del color del mar, le relató algunos de los episodios más tristes de ese infierno.
Le contó sus penas, sus miedos, las enfermedades y los intentos de fuga.
Se sorprendió de algo que no le había pasado ni con sus amigos ni con la sicóloga. Al contarle todo a ella, por primera vez en años tuvo paz y sintió que su herida podía ser aliviada.
Ella era su sanación. Era ella la única que podía curar su alma herida.
Lali se quería morir por todo lo que escuchaba, pero le debía su fuerza. Se aguantó las lágrimas como pudo, se acercó al tronco y se sentó.
—Yo estuve contigo en esa selva —lo miró con todo el amor del mundo—. Mi alma estaba contigo, ni una sola de mis noches tuve paz, pensando en si estarías bien o enfermo, si comerías o no.
—Yo sé que tú estuviste conmigo —le devolvió la mirada conmovido por sus palabras.
—¿Sabías que soñé contigo cada noche de mi cautiverio? Así como estás ahora, sentada en ese tronco, y con el brillo de tu piel. Mi cabeza no sabía quién eras, pero mi corazón sí.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas sin poder evitarlo. Peter le acarició la cara con ternura. El ánimo con el que había llegado se le precipitó al suelo. Las revelaciones la habían sumido en un hoyo de angustia. Quiso gritar ante cada escena que su mente conjuraba; de
Peter amarrado a un árbol, encadenado, maltratado.
—¿Por qué lo hicieron, mi amor? —musitó con voz afectada.
—Porque podían, porque deseaban separarnos, porque para ellos esto es un juego.
Su cabeza era un remolino de imágenes de Peter durante el cautiverio, trató de controlar las emociones pero fue imposible, enceguecida por las lágrimas y ofuscada por la angustia, se aferró a él. El llanto la ahogaba. Peter la abrazó, le acarició el cabello, y siseó para calmarla como lo haría con un niño.
—Shhh, tranquila mi amor, ya pasó.


YA YA YA YA EL ULTIMO DE HOY , QUEDENSE CON LA INTRIGAAA JAJAJAJAAJAJA
ES QUE TENGO QUE ESTUDIAR , YO SI ESTUDIO NO SOY COMO USTEDES ... VAGAS! 
LAAAS QUIEROO! 
BESOS!
MAÑANA SUBO OTROOO!
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