domingo, 31 de agosto de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 5

CAPITULO 5

Lali se acomodó los pendientes de diamantes y observó su aspecto en el espejo. En unos minutos saldrían para una recepción en un conocido club de Bogotá. Era una recaudación de fondos que hacía un grupo de fundaciones para las víctimas del conflicto armado. El vestido que lucía era un Christian Dior azul marino sin tirantes y pegado al cuerpo. El cabello lo llevaba liso y los labios pintados de rojo mate.
En cuanto Peter entró al cuarto a buscarla, ella giró sobre sí hasta llegar a él.
―¿Y bien?
―Estás bellísima, mi amor ―lo pronunció con total devoción y frunció el ceño al reparar en el color de los labios que hacía su boca aún más sensual.
Lali se le echó al cuello, le acarició la solapa del esmoquin y le susurró al oído:
―Tú sí que estás guapo… Seré la envidia de todas las mujeres.
―Y yo tendré que alejar a los moscardones. Estoy seguro que se les caerá la baba por ti.
―No habrá necesidad de eso porque estaremos juntos todo el rato.
―Será una noche muy larga. No dejaré de pensar en el momento en que ese vestido esté a tus pies.
―Retorcido como siempre.
―La culpa es tuya.
―Solo mía.
―¿Acaso lo dudas?
―No.
Llegaron al club, se bajaron del coche, saludaron a un par de conocidos y entraron. Peter aferró a Lali en actitud protectora. Ella sonrió algo nerviosa al flash de una cámara.
Tomó una copa de champán que su esposo le pasó, el líquido la relajó y se dedicó a observar el lugar. Era un salón sobrio y distinguido. Respiraba a dinero antiguo. Del techo colgaban sendas arañas de cristal que iluminaban de manera estratégica la habitación, obras de arte adornaban las paredes. Las mujeres lucían elegantes en sus trajes de noche y los hombres todos con esmoquin. Los camareros pululaban por el recinto con bandejas con diferentes bebidas.
Minutos después, Lali se movía entre los invitados como si hubiera nacido para esa vida, percibía las miradas de algunos de los invitados y sabía de memoria lo que cruzaba por sus mentes. Estaban intrigados por la novedad: el partido del momento, el hombre duro de negocios, el sobreviviente a un horror estaba atrapado, había caído en las redes de una muchachita que lo tenía bailando en un dedo. Ya había oído varios comentarios al respecto, unos cuantos jocosos, otros sarcásticos y los últimos con un deje de envidia. A ella no le importaba el qué dirán, trataba de disfrutar de todo y acomodarse a todo para hacer feliz a su esposo.
Peter saludó con la mano a varios conocidos. Pablo Martínez y una pareja conocida se acercaron. De inmediato los rodearon varias personas y empezó una retahíla de presentaciones y nombres que distrajeron a Lali un buen rato.
―¿Señora Lali de Lanzani? ―preguntó una mujer a su lado.
―Sí, soy yo ―contestó Lali mirándola con curiosidad. Se había alejado unos metros de su esposo atraída por una de las pinturas.
La joven le dio la mano en un apretón firme. Tendría la misma edad que ella, era bajita pero voluptuosa y con unos hermosos ojos verdes almendrados que le daban un aire sensual. Vestía un traje largo de chiffon rojo, no tenía casi joyas. Unos discretos pendientes y una cadena que terminaba dentro del vestido, ocultando lo que colgaba al final de la misma. A pesar de su belleza, percibió en ella un aura de tristeza.
―Soy soy Rocio Igarzabal Manrique, disculpe la intromisión. Usted no me conoce.
―Es un placer, Rocio ―y reconoció el nombre enseguida porque estaba en una de las carpetas con los diferentes proyectos que había estudiado en días pasados. Era un plan muy ambicioso.
―El placer es mío. Quiero felicitarle por su labor social. La cruzada que inició con su esposo es de admirar. No todas las personas son capaces de la reconciliarse con los traumas de su vida.
Hacía dos meses que estaba en marcha el proyecto con los desmovilizados. Una
revista de alta circulación les había hecho un reportaje el día de la inauguración. En la fotografía Lali y Peter le daban la mano a Joaquín Campos. El titular, «Los sobrevivientes», había dado la vuelta al país. Peter estaba superando ese hecho tan terrible. Las pesadillas no se habían vuelto a presentar y eso le daba un aspecto más relajado.
―Muchas gracias, Rocío. Sobrevivir a cualquier conflicto significa volver a empezar. Es difícil, algunas situaciones siempre vivirán con nosotros. Mi esposo y yo estamos muy satisfechos con los resultados. Si no hay perdón es muy difícil avanzar.
―Sé de qué me está hablando. Ojalá todos en este país tuviéramos la fortaleza para superar las heridas ―sacudió la cabeza como para ahuyentar los malos pensamientos―. Perdón que la aborde de esta forma. ¿Por casualidad ya miró una carpeta que le envié hace un par de meses con una propuesta para la construcción de una casa de paz?
―Claro que sí ―Lali sacó una tarjeta del bolso y se la entregó―. Pida la cita, pero que no sea pronto. Peter y yo nos casaremos en dos semanas y vamos a estar de viaje durante un mes.
―No hay prisa, yo también estaré de viaje unos meses. Espero que no me olvide para cuando vuelva y pida la cita.
―No la olvidaré.
―¿Deseas bailar, bella dama? ―dijo la voz de Peter detrás de ella. Sin importarle la presencia de Rocío, la encerró en sus brazos.
―Claro que sí. Nos vemos, Rocío. Ha sido un placer.
Se dirigieron a la pista y bailaron al son de una alegre melodía que tocaba una pequeña pero famosa orquesta en un rincón.
―Eres lo más precioso que hay en mi vida.
―¿De veras?
«Tú sí que eres hermoso», caviló ella al derretirse ante la mirada verde de su esposo.
―No lo dudes nunca. Estoy loco por casarme contigo.
Ella sonrió.
―Ya estamos casados.
―No me sentiré casado hasta que entres a la iglesia.
Lali se pegó más a él y le acarició el pecho con la yema de los dedos.
―Hueles delicioso ―le dijo ella justo cuando le daba un beso en el cuello.
―Sigue así y te sacaré de aquí en un dos por tres.

Lali solo sonrió, le echó los brazos al cuello y siguió bailando. Cuando concluyó la canción se dirigió al lavado de señoras para refrescarse, se retocó el pintalabios y charló con una mujer entrada en años que la felicitó por su inminente boda. Salió de nuevo al salón. Su mirada quedó congelada al ver a Peter en compañía de una voluptuosa mujer que, en un momento dado, le acarició la solapa del esmoquin; él le sonreía. Se acercó despacio y divisó su rostro, se percató de que era la mujer con la que había salido Peter fotografiado en una revista meses atrás, cuando no recordaba nada de su relación.
Los celos la dominaron y quiso agarrar a la mujer del pelo en el momento en que sus manos le tocaron la mejilla. Peter la retiró de forma diplomática, pero eso a Lali no le importó. Ya estaba furiosa. La mujer insistió y le susurraba cosas cerca del rostro.
―¿Interrumpo? ―señaló sin dejar de mirarlos. Esta se retiró enseguida como si hubiera sido pillada en falta.
―Mi amor, ven ―Peter aferró su mano y la llevó al brazo―. Te presento a Delia Castro, una amiga.
Le notó el gesto de fastidio ante la interrupción y la mirada de franca hostilidad que le dirigió. Lali deseó en el alma poder marcar territorio de alguna forma. Se enganchó aún más al brazo de Peter y él puso su mano encima de la de ella.
―Mucho gusto ―la saludó con un gesto frío.
―El placer es mío, querida ―la miraba de arriba abajo―. Estaba recordando viejos tiempos con Peter.
―Delia está trabajando en un nuevo proyecto en el que vinculará a mujeres cabeza de familia.
―Qué consideraba… ―contestó Lali con ojos como dagas.
La mujer ignoró el comentario y miró a Peter con un gesto íntimo que indicaba lo ocurrido entre ellos tiempo atrás.
―Tenemos muchas cosas en común, querida.
Peter carraspeó incómodo y se despidió de ella. Delia, por supuesto, le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la boca, que Peter supo eludir con cortesía. Lali no dejó que se le acercara y con un movimiento de cabeza la despidió.
Quería sacarle los ojos. El ambiente con que habían llegado a la fiesta se rarificaba a cada minuto que pasaba después del dichoso encuentro.
Peter sabía que Lali estaba molesta. La notó seria y distante en el momento de la cena, picoteó algo de comida y bebió dos copas de vino de más. A ese paso se pasaría de tragos. Su esposa no estaba acostumbrada a beber licor. Entonces,
se dio cuenta de que Lali entabló conversación con un hombre joven que estaba sentado a su lado. La escuchaba reír mientras hablaba con un amigo de su padre sobre las canchas de golf de un nuevo club. Intentaba darle celos, le haría pagar a él el comportamiento de Delia. Lo había logrado, el mal genio le había puesto los músculos en tensión.
Quería sacarla de allí a rastras ante cada carcajada que escuchaba.
Tan pronto se dio por terminada la cena, Peter, sin esperar el beneplácito de ella, la sacó del salón, les hizo señas al par de guardaespaldas y, en cuestión de minutos, ya estaban dentro del coche. Cada uno guardó silencio por respeto al chofer y al escolta que iba en el puesto de delante.
La tormenta estalló tan pronto entraron al ascensor.
―¿Qué era lo que te decía el imbécil que estaba al lado tuyo en la cena?
―Cosas… ―le contestó ella mientras se miraba las uñas.
―¡Eres una descarada!
Lali levantó la vista enseguida.
―¿Descarada yo? ¡Yo! El descarado fuiste tú y tu amiguita.
―No me cambies el tema. Ese imbécil te estaba coqueteando y le respondías muy bien.
―Yo no soy como tú. Parecías muy tranquilo con la mano de esa mujer en tu
mejilla.
Lali observó las luces del ascensor. Deseaba llegar a la tranquilidad de su cuarto cuanto antes.
―¿De qué estás hablando? Y mírame cuando te hablo.
―Cuando salí del baño los observé y los vi muy acaramelados. ¡Te reías con ella! ―gritó― ¡Con ella! La mujer con la que tuviste una aventura mientras yo estaba como una soberana imbécil esperándote en Nueva York.
―No sabía que existías.
La puerta del ascensor se abrió y una Lali sulfurada tiró el bolso en la primera mesa con la que se tropezó.
―Sí, esa es tu maldita disculpa siempre ―siguió hablando mientras caminaba a la habitación. Peter la siguió―. ¡Pues no me sirve! No quiero ver otra mujer rondándote, Peter, o no respondo de mis actos. Tú eres mío y yo no comparto. Si deseas libertad entonces estás con la mujer equivocada y en ese caso es mejor que cancelemos la boda.
Él abrió los ojos sorprendido.
―Lali, ya estamos casados.
―¡Ah! Ahora sí estamos casados. Ahora sí que te sirve la ceremonia a la que no le encuentras validez.
Peter cerró la puerta al entrar en la habitación. Ella se dio la vuelta con los brazos en jarras y esperó a que él hablara. Peter estaba apoyado en la puerta con las manos atrás, se había soltado el corbatín del esmoquin que le colgaba a cada lado. «Es un hombre guapísimo», pensó Lali en medio de su rabia, fuera de serie. ¿Cómo no iban a ir tras él las demás mujeres? Detestaba las escenas de celos, siempre había juzgado de forma dura las escenas de Peter; ahora lo entendía.
La herida de los celos era una sensación horrible. Al verlo tan seguro de sí mismo sintió que le rechinaron los dientes. Lali era una mujer orgullosa, no quería que él evidenciara las inseguridades que la acongojaban todos los días, pues a veces pensaba que no era buena para él. Pero ni loca le haría saber lo que le atormentaba.
Forcejeó con la cremallera del vestido, este cayó a sus pies y dejó su cuerpo al
descubierto, medias de liguero azul transparente e interiores y sujetador a juego. Entró al vestidor a cambiarse, pero la voz de Peter la dejó en su sitio.
―Déjate las medias. Quítate todo lo demás, pero déjate las medias.
Entonces, se giró furiosa y caminó hacia él.
―¡Por Dios, Peter! Estamos hablando de la boda y tú me hablas de mis medias. Eres un retorcido.
―La boda no está en discusión ―le contestó en tono de voz oscuro―. No tengo nada con Delia ni con ninguna otra, y me molesta que coquetees con cualquier tipejo en cuanto te sientes insegura.
―¿Insegura yo? ―le interrumpió― ¡Estás loco! Yo no estoy insegura.
―Ja.
―Te lo advierto y te lo repito, Peter ―hizo énfasis en las palabras sin dejar de mirarlo―: no quiero que mires a nadie más. Eres mío. No voy a permitir que otra mujer te ponga las manos encima ―se sulfuró de nuevo―. Me molesta que haya sido precisamente ella. Esa mujer te conoce, sabe qué aspecto tienes desnudo. ¡Me enferma que la hayas tocado!
A continuación entró en el vestidor y salió con una camiseta puesta. Se había dejado las medias. «Bien», pensó Peter para sí. Sonrió nervioso ante sus reclamos… y encantado. ¿Por qué no?
Contento de ser por lo menos una vez el que recibiera sus reclamos por celos. La parte de él que sabía que tenía que compartirla con el mundo se regodeaba satisfecha al ver la furia y la posesividad de su mujer, y en ese momento deseó llevársela a la cama y demostrarle con hechos todo lo que sus reclamos obraban en él. Pero no podía. La dejó explayarse mientras observaba el lóbulo de su oreja y se imaginaba posando su boca en el o cuando llegara el momento de quitarle las medias y pudiera acariciar su piel. En ese instante la llenaría de besos hasta detrás de las rodillas, que había descubierto hacía días que era un punto muy sensible. Eso, sí las ganas de poseerla no se atravesaban como si fuera un chaval.
―Ven aquí ―le señaló con voz ronca.
―Ven tú.
Él simplemente sonrió, caminó hasta ella y la atrajo a su pecho. La notaba reticente.
―Me has hecho muy feliz este rato.
Ella lo miró confundida.
―Arrepentido no pareces.
―Me encanta tu reacción. Deseo que me celes, quiero que me celes, nunca te guardes nada.
―Estoy muy molesta ―le dijo ella contra su pecho.
―Lo sé. Discúlpame si te hice sentir mal. No tengo nada con nadie, solo existes tú ―le tomó la cara con las dos manos―. No sé qué me sucede contigo, pero esto que sentiste ahora es lo que siento yo multiplicado por cien, al ver que les sonríes a otras personas. Tengo celos de todos los que te rodean, los que acaparan tu tiempo. Me alegra saber que no soy el único que siente igual.
―¿Por qué esa desconfianza? Yo nunca te faltaría, no tengo ojos para nadie más. Así ha sido desde que te conozco. Eres el centro de mi vida ¿Por qué no te das cuenta?
―Lo sé mi amor, lo sé. Es algo mío, en lo que tengo que trabajar.
―Sí, pero eso no quita hierro a lo que discutimos antes, Peter. No quiero ver rondando a nadie alrededor tuyo. Esa mujer sabe cómo eres cuando haces el amor. Dime algo, Peter. ¿Cómo te sentirías si yo hubiera tenido un amante y me encontraras en actitud cariñosa con él?
Se le ensombreció la mirada.
―No querrás saberlo ―se alejó de ella, y se quitó la chaqueta y la camisa en silencio. Ahora era Lali la que lo observaba recostada en la puerta. Ambos evitaban la cama. Él se acercó de nuevo a ella, deseaba preguntarle algo, empezaba y declinaba la voz hasta que no se aguantó:
―¿Hubo alguien en Nueva York?
―No ―respondió ella recordando el beso de Simón.
―Contestaste muy rápido. No puedo creer que en todo ese tiempo nadie se haya acercado a ti.
―Sí se acercaron, pero no me interesaba ninguno. Hubo un amigo colombiano.
―¿El amigo colombiano tiene nombre? ―El tono de voz era tranquilo, pero con un sustrato tenso.
―Simón Arechavaleta.
―¿Qué pasó con él? ―preguntó con gesto crispado.
―Lo besé.
Peter abrió la boca sin poder creer lo que oía. Luego, con semblante furioso se acercó a ella.
―¡Eres una descarada! ¿Cómo que lo besaste? Tú a mí nunca me besaste,  siempre era yo el que te besaba, el que te rogaba. ¡Conmigo no tomaste la iniciativa! Además, tú no tenías anmnesia.
―¡Estaba furiosa! Por culpa de esa maldita revista, tú te estabas revolcando con esa furcia y yo estaba sola. Creía que no me querías y que nunca volverías conmigo. Pero salió mal, me sentí peor, vuelvo y te lo repito. Nunca te he faltado, pero tú no puedes decir lo mismo.
Él se acercó a ella y la aprisionó contra la puerta.
―¿Quieres que te cuente algo? Cuando estaba con otras mujeres te atravesabas
en mis pensamientos sin saber quién eras y me veía besándote y acariciándote. ¿Quieres saber cómo me sentía después de estar con alguna mujer? Como una mierda.
―Eso es enfermizo.
―Tienes razón. Ya no me apetece hablar más. Tengo mucho trabajo esta noche.
―¿Qué dices?
―Necesito borrar todo rastro, todo recuerdo que tengas de ese tipo.
Dejó caer la cabeza sobre ella y buscó su boca de forma ansiosa. Lali le sujetó ambos lados de la cara y le devolvió el beso con la misma intensidad. Ese gesto estaba plagado de celos, de rabia, de necesidad. Le invadió un deseo indescriptible al sentir las caricias de Melisa en su pecho.
―¿Cómo es posible que, aun después de estos meses, «me pongas así»?
Le quitó la camiseta y se la comió con la mirada. Se arrodilló ante ella. Sonrió al acariciar con la yema de los dedos el encaje de la parte superior de las medias. Un dedo se coló en el pequeño espacio entre la media y la piel. Le soltó el liguero y acarició la longitud de las piernas, despacio, sin dejar de mirarla. Sonrió de nuevo.
―No te rías. No lo mereces ―le dijo ella, seria.
―Pero no te puedes aguantar. Te encanta complacerme.
― ¡Vanidoso!
―No te das cuenta, ¿verdad? Así me tienes siempre, de rodillas, a tus pies.
Veneró sus piernas con la boca, hasta que la escuchó gemir y revolverse inquieta. Al llegar a la parte interna de uno de los muslos no lo pudo evitar y le dio un pequeño mordisco que sabía le dejaría marca.
Ella solo suspiró. Él se puso de pie y acarició con los ojos sus pechos, hasta que pegó su boca a uno de ellos, mientras estimulaba el otro con el dedo pulgar e índice. Lo chupó, lo succionó y jugueteó con él  Lali arqueó la espalda por el placer que le prodigaba. La soltó un momento sin dejar de mirarla para quitarse los pantalones y la ropa interior, los alejó de una patada. Ella le sostenía la mirada con la respiración agitada y le asió el pene con ansiedad. Peter cerró la mano sobre la de ella, imponiéndole un ritmo a su caricia.
―No es mi intención tirarme sobre ti como animal en celo tan pronto te tengo
desnuda. Mereces más preliminares, mi amor ―confesó con impaciencia y pegó su frente a la de ella―. Parezco un adolescente.―Te tengo a mi lado, desnudo y
excitado. No necesito más ―Lali sintió que la respiración se le entrecortaba al observar el fuego que ardía en sus ojos.
―Gírate ―Lali empezó a masajearle las nalgas―. Me tienes loco ―susurraba en tono enardecido mientras la abría más de piernas. Peter acarició su piel desnuda con reverencia, la espalda, el contorno de la cintura, la redondez de las nalgas, hasta que llevó la mano entre los muslos, al tiempo que separaba su cabello que caía a un lado y dejaba su apetitoso cuello al descubierto. No resistió las ganas de chupar esa porción de piel caliente y sedosa, la mordió y luego repasó con la lengua la marca rojiza. Inspeccionó su centro con caricias experimentadas que la hicieron gemir y arquear las caderas.
Lali separó la cara de la puerta y le ofreció los labios. Peter los saboreó, los mordisqueó.
―Tienes la vagina toda mojada y muy, muy caliente, amor.
―Te necesito ahora…
―¿En serio?
―Por favor… ―gemía desesperada.
―Tus deseos son órdenes para mí ―le contestó besándola de nuevo y abriéndose paso entre su boca con la lengua. Fue un beso apasionado que los hizo estremecer de pies a cabeza. Le levantó las nalgas.
Lali quedó de puntillas. A continuación la penetró con una fuerza de invasión que hizo que la puerta se meciera y la cabeza de ella cayera hacía atrás en un acto reflejo. La mandíbula de Peter descansaba en uno de sus hombros y el cálido aliento enviaba llamaradas a la piel del cuello.
―Me muero por ti ―dijo él turbado entre resuellos.
―Yo también ―contestó ella entre suspiros.
Peter le separó las caderas de la puerta, se acomodó mejor y siguió penetrándola rápida y fuertemente. Lali percibía que el corazón le iba a estallar, sus senos se estrellaban contra la madera, los vertiginosos latidos eran como si estuviera corriendo un maratón. El placer la trastornaba y se apoderaba de su pelvis, imprimiéndole un ritmo tan antiguo como el tiempo.
Peter gemía de placer al escucharla gritar, satisfecho al ver que no podía resistirse a la locura que los invadía, haciéndolos uno solo. Le devoraba los labios, el cuello y los hombros. La puerta se mecía al ritmo de sus embistes. El ruido solo era amortiguado por los suspiros lastimosos de los dos. Lali sintió el calor en su centro, que originaba la explosión de luz y sensaciones que le invadían todos los miembros. Al girarse a mirar a Peter se percató de su gesto rígido, del esfuerzo con el que se empeñaba en no eyacular, para que ella lograra la satisfacción, de su piel caliente y sudada, de lo hermoso que estaba. Con un clamor profundo, Peter logró su climax de manera demoledora, insondable y muy placentera.
Salió de aquel estado temblando y aferrado a ella. La llevó a la cama. Se acostaron abrazados. Él se encajó en su cuerpo como en una media luna. Un silencio cómodo los mecía.
Lali estaba aletargada pegada al cuerpo de su esposo. Le acariciaba el brazo, con el que él le rodeaba el vientre y la cintura.
Pensó que dormía cuando le habló en voz baja.
―Te vi en Nueva York antes de recuperar la memoria.
―¿Cómo?
—Fui a Nueva York un par de días —no le diría que había viajado con Delia, no quería desatar otra pelea—. Te vi caminando por la avenida Madison.
―¿De veras?
—Sin saber quién eras te buscaba, sin saber quién eras te reconocí. Experimenté una sensación de añoranza tan grande que hizo que corriera detrás de ti.
― ¿Por qué no me alcanzaste?
―Porque un maldito semáforo en rojo se atravesó y cuando crucé tú ya no estabas.
Ella se dio la vuelta entre sus brazos. Le acarició el rostro, el ceño, la mejilla, sintió que la ternura la invadía y lo abrazó.
―Te adoro.
―Lo sé, mi amor. Con esto que te cuento deseo que te quede claro que siempre estuviste aquí ―se señaló el corazón―. Nada ni nadie tuvo importancia en ese tiempo, solo el deseo de saber quién eras.
―Gracias.

Capitulo medio largo por que no estuve subiendo como prometi :( 
este lunes entro en examenes mensuales voy a ver si subo esa semana , pero no prometo nada.
me encanta que comenten chicas y bienvenidas las chicas nuevas me alegra que les guste la nove ! :D
besos las quiero chicas!
@sofi_blog

sábado, 16 de agosto de 2014

DVATA EPILOGO : CAPITULO 4

CAPITULO 4

Una semana después Peter llegó de la oficina y Lali estaba en el estudio con un par de carpetas en las manos, en las que había una propuesta que le había hecho llegar una trabajadora social con una solución para los desplazados víctimas de la violencia que volvían de nuevo a sus tierras en varias regiones del país. Lali  estaba evaluando entre varios proyectos para escoger uno y llevarlo a cabo con el dinero que Peter había destinado para ello. Habían iniciado el proceso de crear una fundación, y todos los trámites legales y comerciales llevarían un tiempo. Al encontrarse sus miradas, Lali se sintió hermosa, amada y al recibir el beso y el abrazo de Peter le invadió la vitalidad que aún traía su esposo después de una dura jornada de trabajo.
―Tengo que comentarte algo ―le dijo mientras se desembarazaba del abrigo y
La chaqueta. Lali se los recibió y los puso en una silla. Lo llevó al sofá con ella.
―Te escucho.
Peter le relató, algo abochornado, lo ocurrido con Joaquín Campos meses atrás al salir de la taberna, pero la mirada de Lali destilaba comprensión y aceptación.
Entonces él se relajó y le habló de las disculpas y de la visita que le había hecho el joven unas semanas antes, y luego le contó lo que tenía en mente. Después de que Joaquín saliera del lugar, había llamado a Pablo a la oficina y le había planteado la posibilidad de crear una empresa de servicios con solo personal desmovilizado de grupos ilegales. Tras estudiar varias ideas, se decantaron por la creación de un centro de atención al cliente, que tendría contrato con una de las empresas de telefonía móvil más grandes del país.
Si el proyecto funcionaba bien en la capital, Peter podría extenderlo a otras partes de Colombia.
Lali lo escuchaba anonadada. «Lo sabía», pensaba exultante. En cuanto lo conoció sabía que estaba ante un hombre fuera de lo común y otra vez la invadió el orgullo por poder recorrer el camino de la vida junto a él.
―¿Y bien? ¿Qué opinas?
―Me dejas sin palabras…
―Ven, quiero mostrarte lo trabajado hasta ahora.
Se sentó detrás del escritorio, frente al ordenador. Lali lo siguió. Peter abrió el correo y le mostró cifras y demás datos.
―Es una gran idea, mi amor. ¿Por qué no me habías dicho nada?
―Quería darte la sorpresa y cuando tuviera todo más o menos armado pedirte  ayuda.
―¿Qué necesitas?
―Quiero que me ayudes a llevar el proyecto. Serías mi asistente. Necesito que busques una psicóloga, pero no de empresa, quiero a alguien con alguna especialización. Esos chicos necesitan mucha ayuda, aparte del trabajo que les voy a brindar.
Lali le acarició el cabello y repitió:
―Asistente… ¿Tendré una oficina al lado de la tuya?
―Por supuesto.
Peter se echó hacia atrás en la silla y Lali se sentó en sus piernas y lo abrazó.
―Creo que hay un problema, señor Lanzani ―hizo hincapié en el apellido.
―Te escucho.
―A su esposa no le va gustar que contrate una asistente tan joven.
Peter enarcó una ceja ante el tono utilizado por ella y se quedó mirándola.
La notaba tensa hacía días y no sabía por qué. Había intentado que le confesase lo que sucedía, pero ella se negaba. Pensó que eran los preparativos de la boda, pero cosa curiosa, Lali tenía un don de la organización que hacía que todo marchara sobre ruedas. Luego le sorprendió que sus ojos brillaran con deleite y la sonrisa que acompañó sus palabras. Peter le siguió el juego.
―No se enterará si no le decimos nada. Pero primero, deberá pasar la entrevista para obtener el trabajo.
―Estoy preparada.
Se levantó y se sentó a horcajadas sobre él.
―¿Para qué está preparada? ―la voz de Gabriel se había vuelto ronca y evidentemente seductora.
―Para iniciar un tórrido romance con usted, señor Lanzani.
―Bien.
Peter bajó la cabeza con rapidez y le cubrió la boca con la suya y el mundo empezó a girar al responder a la codicia con que lo besaba su esposa. No se apartó cuando le murmuró:
―Repita, señor Lanzani, me calienta…
―Señor Lanzani―le decía mientras le aflojaba el nudo de la corbata y le desabotonaba la camisa. En cuanto tuvo su pecho descubierto lo acarició con los labios, mientras un escalofrío surcaba su piel. Le gustó la manera en que Peter entornó los ojos―, está será una de las ventajas de tenerme como asistente.
―Es usted endiabladamente sexy. Eso es un problema ―le susurraba mientras le acariciaba los brazos de arriba abajo. Sin quitarle la mirada de encima, llevó la mano a la gargantilla que Lali no se quitaba desde el día en que Peter se la había puesto, prolongó la caricia hasta la hendidura de la garganta.
―¿Para quién? ¿Para usted, señor Lanzani, o para su esposa?
―Para ambos. Puede apostar su dulce trasero a que sí. No sé si podré mantener las manos lejos de usted trabajando tan cerca.
―¿Desea que le demuestre alguna habilidad en especial?
―La que usted considere conveniente para asegurar el trabajo.
Las palabras pronunciadas por Peter fueron como una caricia sensual que casi le hizo derretirse. Lali suspiró cuando su boca rozó de nuevo los labios de Peter e introdujo la lengua, besando primero las comisuras a lado y lado. Luego llevó los labios al lóbulo de la oreja, que besó y mordisqueó durante un rato.
―¿Qué tan tórrido será el romance?
―No tiene idea…, señor Lanzani.
Ella se arrodilló a sus pies. Peter atesoraba en su mente todas las posiciones utilizadas por ella, pero esta le daba un halo de sumisión del que carecía en toda la jornada y un deseo primitivo de dominar lo invadía. Ella le terminó de desabotonar la camisa, le desabrochó la hebilla del cinturón y, con dificultad, dejó  el miembro al descubierto. Erguido, duro y caliente. El semblante de Peter mudó a uno alterado en cuanto lo tomó en su boca.

Absorto de excitación y amor se estremecía ante las caricias de los labios y la lengua de su mujer. Sus clamores inundaron el lugar durante varios minutos.

Hola nenas! como estan? espero que esten bien! 
besos las quiero
@sofi_blog

sábado, 9 de agosto de 2014

EPILOGO DVTA : CAPITULO 3

CAPITULO 3

Regresaron a Bogotá al día siguiente, descansados y bronceados, para sumergirse en la vorágine de los preparativos de la boda.
Cuatro semanas después ya no estaba tan seguro. Entre su madre, su suegra y la
coordinadora de bodas lo estaban volviendo loco. Optó por la salida de todos los hombres, cuando de decisiones hogareñas se trataba: dejó todo en manos de Lali y una organizadora de bodas. Lo único que exigió, en medio de la negociación, era que la boda se celebrara en Cartagena.
Lali actuó como un general con la coordinadora de eventos, le dijo a Peter que a partir de ese momento ella se encargaría de todo y supo mantener a raya a Amalia y a Mariela que, aunque bien intencionadas, no compartían el mismo parecer en cuanto a decoración, platos y menús. Mantuvo los preparativos en secreto y Peter la dejo hacer encantado.

Mientras tanto, Peter, ya inmerso en su trabajo, recibió la visita de Joaquín Campos, el guerrillero desmovilizado al que le había prometido trabajo en cuanto terminara el curso de informática que realizaba con una entidad del Estado. Lo recibió enseguida. Notó al joven algo apabullado al entrar a la oficina. «El cambio de roles», sentenció en sus pensamientos Peter. Respondió al saludo con un
apretón de manos que notó algo húmedo.
Lo invitó a tomar asiento y después por el intercomunicador pidió a la secretaria un par de cafés.
―¿Ya ha terminado el curso?
―Sí, don Peter. Aquí traigo los papeles que me certifican como experto en informática.
Peter cogió el legajo y leyó cada uno de los papeles.
―Sacaste buenas notas.
―Sí, señor.
Otra vez el silencio. Entró la secretaria con una bandeja. Joaquín tomó la taza con gesto algo nervioso.
―¿Has vuelto a hablar con alguno de ellos?
Joaquín sabía que con «ellos» se refería al grupo al que había pertenecido hasta hacía un año atrás.
―No, señor. No estaría aquí en este momento.
―Entiendo. ¿Has pasado currículums a otras empresas? ―preguntó Peter al tiempo que depositaba su mirada en el joven.
―Sí, señor ―dudó un momento y Peter terminó por él.
―Yo fui tu último recurso ―el joven asintió―.¿Por qué?
Lo miró callado durante unos segundos.
―Me avergüenza lo ocurrido. No es fácil para mí mirarle a la cara.
―Entonces, ¿por qué no aceptaste la propuesta en otra parte?
La mirada de angustia y desespero de Joaquín tocó una fibra sensible en el alma de Peter. Este joven tenía una familia que mantener.
―La gente no quiere nada con nosotros, don Peter. Piensan lo peor.
Peter quiso reprocharle muchas cosas. Decirle que ellos mismos eran los culpables de su actual situación, pero no sacaría nada con eso.
Se quedó unos instantes pensativo y de pronto se le ocurrió una idea.
―¿Cuántas personas viven contigo y cuántos son cabeza de familia?
―Somos doce en este momento y ocho son cabeza de familia.
―Vamos a hacer lo siguiente.
«Llegó el momento de ensuciarse las manos por los demás», pensó sorprendido de ver hasta dónde había cambiado por Lali, por el secuestro, por la vida, en fin…
―Necesito que me reúnas una información.
El joven lo miraba algo desconfiado.
―No voy a acusar a nadie.
―No se trata de eso. Debes aprender a confiar en mí. Lo que te voy a plantear tiene que ver con el futuro tuyo y del resto de compañeros.
―Lo escucho.

Mariela revoloteaba alrededor de Lali mientras esta preparaba la cena de Peter. Aunque tenía empleadas de sobra para ello, le gustaba agasajar a su esposo con algún plato preparado por ella. Era noche de lasaña. Rallaba el queso de forma brusca e impaciente. La rigidez en sus gestos transmitía claramente su estado de ánimo.
―El pobre no tiene la culpa.
―¿De qué hablas?
―Que no estás rallando el queso, lo estás machacando.
Lali soltó los utensilios y le pidió a Antonia, una de las empleadas, que siguiera con la labor. Mientras tanto ella se dirigió a uno de los muebles y sacó un par de bandejas de vidrio.
―Quiero que le lleves una bandeja a papá.
―Se chupará los dedos, estoy segura.
Lali había tenido el periodo esa tarde y se sentía miserable. Tan pronto concluyeran esos días pensaba ir al ginecólogo. Ya era hora de examinarse y averiguar cuál era el problema. No quería que su madre se enterara, pero percibía su mirada y sabía que algo andaba mal.
Mariela, aparte de sabia, era bruja. Revolvió la salsa boloñesa con la cuchara de palo y la dejó en un plato de porcelana. A continuación procedió a preparar la salsa blanca. En una sartén echó una barra de mantequilla que chisporroteó e invadió el lugar con su aroma, la mezcló con harina de trigo hasta obtener una pasta suave, le agregó la leche sin dejar de remover y luego la cebolla rallada y le pidió a Antonia la pimienta. Armó la lasaña mientras le hacía preguntas banales a Mariela sobre la joyería y la exhibición de las diferentes piezas en un estand de una importante feria que les había otorgado buenos contactos. Lali se sorprendía del desparpajo de su madre al abordar el tema de la joyería. Se sentía orgullosa de ella.
Después de un par de minutos de silencio, y cuando puso las dos bandejas en el horno y despachó a Antonia de la cocina, se sentó junto a ella alrededor de la mesa del comedor auxiliar con sendas tazas de té. La cocina era una mezcla de olores agradables: orégano, finas hierbas, revuelto con el aroma de la cebolla y la lasaña que salía del horno.
Todos los electrodomésticos eran de última generación. A Lali le encantaba el lugar.
―¿Me vas a decir qué te pasa?
Lali tomó la taza con las dos manos y sorbió el líquido caliente.
―Tuve el periodo esta tarde.
―Entiendo.
―Algo debió pasar cuando perdí a mi bebé ―el tono utilizado denotaba que aún le dolía profundamente esa pérdida―. Fue tan fácil la primera vez.
―Has pasado por muchas cosas. Deja que tu organismo encuentre el equilibrio por sí solo. No te presiones o será peor.
―Es que quiero que todo sea como antes del secuestro.
―Nada será como antes, debes entenderlo. Ustedes son personas distintas, con una profunda experiencia dolorosa a cuestas. Pero son jóvenes… ¡Disfruta estos momentos con tu esposo! Tuvieron su vida suspendida un tiempo, están recién
casados, están aprendiendo a conocerse y a convivir. Además, las mujeres de mi familia somos tardías para los embarazos. Tú llegaste después de siete años de matrimonio.
Lali la observó con gesto desolado.
―Deseo tanto un hijo…
―Tú quieres que regrese el hijo que perdiste, ese es el problema. ¿Cómo vas a conseguir quedar embarazada si no lo dejas ir?
―Como si fuera tan fácil.
―Peter te presiona de alguna forma para tener hijos?
―No, ¡cómo se te ocurre! He tratado de ocultarle mis sentimientos.
―Ese marido tuyo bebe los vientos por ti de una manera… ―puso los ojos en
blanco―. Si se enterara de cómo te sientes buscaría una solución solo para no verte tan preocupada.
―Lo sé.

―Paciencia, Lali, paciencia. Si no es tu momento ahora por algo será y si te estresas será peor. Debes consultar un médico, esa ansiedad no es normal. Eres una mujer fuerte a pesar de tus temores. No le des el mando a tus miedos. No quieras tener todas las pelotas en el aire, porque terminaran en el suelo. Bueno, y cambiando de tema, ¿ya escogiste el vestido?

Perdon !

Hola, chicas , perdon perdon perdon perdon , en serio lo siento me pasaron mil cosas : se me perdio el USB donde esta toda la novela y todas las cosas y archivos que tengo :( , mi compu se me malogro , y no tenia mucho tiempo salgo a las 16:00 del cole y luego tengo que regresar a las 18:00 y salgo casi a las 21:00 y no tengo mucho  tiempo , tampoco estuve mucho en twitter , se que le va a llegar leer esto , lo se .
asi que les pido perdon  voy a tratar de subir mas seguido

domingo, 9 de marzo de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 2

CAPITULO 2


Lo encontró junto a la mesa de la cocina cortando unos trozos de fruta en un bol. Sus ojos de musgo descansaron en ella. Lali sonrió orgullosa de saber que ese hermoso hombre le pertenecía. Caminó hacia él y apoyó el rostro en su espalda y le pasó las manos por debajo de los brazos hasta posarlas en su pecho. Vestía un bañador y tenía el torso desnudo. Besó su espalda y le acarició los pectorales. Lo oyó suspirar.
―Buenos días, amor de mi vida.
―Buenos días, preciosa.
Lo aferró más a ella.
―Lali, ¿qué pasa?
Era incapaz de decirle la verdad.
―Que soy muy feliz, que tengo el marido más guapo del mundo, además de trabajador y…
Peter gruñó, dejó enseguida lo que estaba haciendo, se giró despacio, se limpió las manos con una toalla de cocina y las apoyó en la mesa.
―¿Qué pasa, mi amor? Si es por lo ocurrido anoche, no tienes que…
Ella se perdió en su mirada y se arrebujó en él, para pegar la nariz y aspirar su aroma. Susurró algo que él no entendió.
―¿Cómo? ―la sujetó por la nuca y le levantó el rostro.
―Tengo miedo ―le confió con los ojos cerrados, negándose a mirarlo.
El tono de voz en el que fueron pronunciadas las palabras lo enterneció. La contempló unos segundos en silencio, le apartó un mechón de cabello y le besó la nariz. Luego la llevó a una de las sillas y la sentó en sus piernas como si fuera un bebé. Cogió sus manos y le besó las palmas.
―¿A qué tienes miedo?
―A que todo sea un sueño, que vuelvan a separarnos. A que me dejes de amar, a no poder darte hijos.
―Shsss… Tranquila, mi amor.
―Es que…
Acercó la cabeza y sus labios encontraron la boca de Lali dócil y dispuesta. La besó con suavidad, saboreándola, disfrutando como siempre de ese momento mágico que solo ella le brindaba. Segundos después le habló al oído.
―No es un sueño y te lo puedo demostrar ahora mismo ―sonrió ante la mirada de ella―. Nadie volverá a separarnos, te amaré hasta el último día de mi vida y más. Te daré hijos e hijas con tus ojos y tu corazón.
La única promesa que tenía asidero era que la amaría hasta el día que muriera, que la locura que había empezado en Cartagena lo acompañaría hasta el día de su muerte. Lo sentía en lo más profundo de su alma. Vivir sin ella era como tratar de vivir sin un corazón, imposible. Pero para el resto de promesas debía revestirse de fe, sí, únicamente la fe haría que ellos tuvieran la vida que merecían. La sintió algo más tranquila. La abrazó y la besó para arrasar con los malos pensamientos. Él también necesitaba convencerse de que nada saldría mal.
―Júrame que no nos separaremos más, Peter―insistía ella.
―Te lo juro por tu vida que es lo más valioso para mí. Te lo juro.
La expresión de Peter cambió enseguida a un gesto oscurecido por el deseo. Solo ella contaba con la capacidad de hacerlo arder con una simple caricia o con su tono de voz suplicante y demandante.
Cuando pronunciaba su nombre, solo podía imaginarla gimiendo entre las sábanas.
La levantó y la tumbó en el sofá que tenía más cerca. Entre besos ansiosos y desaforados la cubrió con su cuerpo. Deseaba aguantar un poco la pasión. Desde el regreso anhelaba poseerla con urgencia, como si se la fueran a arrebatar de un momento a otro. Necesitaba respirarla, respirar a través de ella.
Ansiaba dominarla con ímpetu de pasión. Arrancarle la ropa, hacerla suya mil veces más, atar su cuerpo al de ella desde la punta de los pies hasta lo más profundo del alma. Atravesarle la boca con la lengua hasta más allá de la garganta. « ¿Cuándo cesará esta locura? ¿Cuándo?» se preguntaba mientras la observaba ruborosa y apasionada. Melisa arqueó la espalda al entrar en contacto con el pecho de Peter y empezó a gemir cuando sus manos emprendieron el camino de los pechos.
―Me calientas tanto… ―le susurraba mientras la despojaba del vestido de baño y hundía los dedos entre sus nalgas, al tiempo que la acomodaba para disfrutarla.
―No era mi intención ―contestó ella con simulada seriedad a punto de soltar la carcajada. Lo deseaba todo el tiempo.
La fulminó con una mirada inexorable y en tono ronco le ordenó:
―Quiero que sea tu intención siempre.
Se amaron en el sofá. La cabaña fue testigo de los gemidos desmayados de Lali, de las aspiraciones roncas de Peter, de la liberación de los dos, del deseo de Peter de llegar con sus embestidas a algún punto inalcanzable, de las palabras de amor que se alejaban para perderse con el sonido de las palmeras silbantes y de las olas del mar. Cuando cayó exhausto sobre ella, la acarició con ternura y le besó la frente, le puso el cabello detrás de la oreja y aspiró su aliento mientras saboreaba sus labios entreabiertos. Ella sonrió con los ojos aún cerrados.
―¿Por qué sonríes?
―Porque tan pronto abra los ojos me voy a encontrar al hombre más hermoso que he visto.
Él soltó una carcajada y le acarició el abdomen.
―Hermoso ―le dijo en tono jactancioso―. Entonces soy hermoso.
―¡Por Dios! ¿Qué he dicho? ―abrió un ojo y le sonrió―. Lo que hacemos las mujeres después de un orgasmo.
A continuación trató de levantarse, pero su marido tenía otros planes.
―Dicen siempre la verdad.
Se deslizó con ella y a punta de cosquillas y jugueteos le hizo repetir y prometer todo lo que se le ocurrió.
El resto del día pasearon por la playa, se tumbaron al sol y por la tarde recorrieron la ciudad y los alrededores. Lali compró artesanías y un bolso tejido por los indios arahuacos. Llegaron a la cabaña y se bañaron juntos después de hacer de nuevo el amor.
Peter le había pedido antes que se arreglara para una cena formal. Lali pensó que volverían a salir, pues no le había dicho nada más. Cuando se reunieron en la sala, Peter silbó por lo bajo.
―Estás hermosa.
―No tanto como tú.
Peter le sonrió con gesto de complacencia. Vestía un pantalón de lino y camisa suelta de lino también. A Lali le recordó la noche de su primera cena en el restaurante de Cartagena.
El vestido de ella era sencillo, de color hueso de algodón por debajo de la rodilla, sin mangas y un pequeño escote que mostraba algo de piel ligeramente bronceada. La tomó de la mano y la llevó por un camino de antorchas a unos metros de la playa, a una mesa arreglada de forma elegante. Un amable camarero se acercó.
―Mi amor, ¡qué sorpresa!
―Para ti lo mejor.
Habían actuado de manera sigilosa, pues Lali no se había dado cuenta de nada. Se le había hecho extraño que Peter hubiera mandado prender algunas antorchas, pues les tenía prohibido a los escoltas que se acercaran a la cabaña. Estaba encantada, la comida había sido encargada a uno de los mejores restaurantes de la ciudad y consistió en un plato de mariscos bañado en vino blanco y ensalada griega.
La noche era perfecta, la luna brillaba y una suave brisa mecía las palmeras casi al mismo ritmo en que arribaban a la playa las olas del mar. El momento era mágico, el amor flotaba en el ambiente. A los lejos llegaban los acordes de una canción desde el equipo de alta fidelidad que había en la cabaña.
Peter la invitó a bailar, se pegó a su cuerpo al ritmo de un bolero instrumental. No era buena bailarina, pero junto a él flotaba. Peter posó sus manos en las nalgas.
―¡Atrevido! ¿Qué dirá el camarero? ―le susurró Lali algo apenada.
―¿Muy atrevido? ―la acarició con más ímpetu y la pegó más a él―. Lo despaché con un gesto hace unos segundos. Estamos solos.
―Tus vigilantes están por algún lado y tenlo por seguro que no te quitan la vista de encima.
―Les di un rato libre, no te preocupes.
La abrazó y le susurró al oído, con una voz profunda y oscura que la hizo estremecer, la canción de la melodía que les llegaba desde la casa: «Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez». En ese momento la obligó a mirarlo y le siguió cantando: «Que tengo miedo a tenerte y perderte después». Peter dejó de cantar y volvió a pegarla a su pecho. Lali estaba más allá de la emoción, parecía que su corazón iba estallar de gozo por la felicidad compartida. Al terminar la canción volvieron a la mesa. Peter no dejaba de mirarla, sacó una pequeña bolsa de terciopelo azul oscuro y se la extendió.
―Mi amor…
Peter deseaba llenarla de joyas de la cabeza a los pies, pero sabía que eso no haría feliz a su esposa. Sin embargo, en cuanto vio la piedra de la joya que Melisa extendió en sus manos, mandó diseñar
lo que para él era un símbolo de su amor.
―Peter…
Él sonrió ante el gesto de ella.
―¿Te gusta?
―Es… ― expresó sin aliento― preciosa.
Era una hermosa gargantilla en oro blanco, con las iniciales de los nombres de los dos unidas por un corazón que era un diamante azul claro incrustado en una montura de diamantes plateados. Lali nunca había visto una piedra tan perfecta. Era un fino trabajo de joyería. Peter la contemplaba expectante.
A Lali se le aguaron los ojos ante lo que significaba o lo que creía ella que significaba, y no se equivocó.
―En cuanto vi la piedra te recordé en la playa de Barú. Te he dicho mil veces que el color de tus ojos es el mismo ―carraspeó, emocionado. Peter se levantó, llegó hasta ella y tomó la cadena en sus manos―. Esa tarde me hechizaste y bendito sea el momento en el que mi corazón dejó de pertenecerme. Es todo tuyo. Obsérvalo, está ocupado por ti. Es un símbolo de mi amor que quiero que lleves siempre. Tienes mi corazón en tus manos.
Le puso la joya con gesto nervioso y cuando abrochó el cierre no pudo evitar acariciarle la nuca. Ella sintió que esa caricia la quemaba, quería deshacerse bajó el toque de sus manos, derretirse de amor en esa playa mágica.
Lali nunca olvidaría esa noche, la luna inmensa, las estrellas desparramadas en el cielo, y la mirada verde musgo de su Peter que la envolvía, la esclavizaba y la liberaba, la hacía sentirse viva.
―Mi amor ―le dijo emocionada―, te amo. La vida no me alcanzará para dar rienda suelta a este amor que siento por ti. Quiero despertar todos los días entre tus brazos, reír entre tus labios y que me mires así siempre.
―Quiero que te cases conmigo.
Ella sonrió.
―Ya estamos casados.
―Por la Iglesia.
―A los ojos de Dios ya estamos casados ―contestó reticente.
―Necesito hacerlo, amor ―señaló él, mientras trataba de convencerla.
―No es necesario, me siento tu esposa desde hace mucho tiempo ―le sonrió y le acarició el rostro―. Hay un papel firmado por ahí, en algún lado ―contestó queriendo quitar hierro al asunto.
Había estado tan disgustada con Dios por todo lo ocurrido que le parecía una hipocresía plantarse delante de un sacerdote para bendecir la unión, pero Gabriel pensaba diferente; es más, él, que había sido poco creyente o hasta donde ella sabía, la arrastraba a la iglesia los domingos.
―Quiero empezar de cero.
― ¿Por qué?
―Mi amor, quiero poner el mundo a tus pies. Nunca imaginé, cuando nos conocimos en Cartagena, que pudiera existir un sentimiento semejante. Me haces el hombre más feliz del mundo y quiero que tú sientas igual. Me has dado muchas cosas. Te dije una vez que a tu lado soy mejor persona. Por favor, todo esto que siento quiero que lo bendiga Dios.
Ella lo miró dubitativa.
―No sé…
Él le aferró las manos y le dirigió una mirada punzante. Parecía adivinar todo lo que pasaba por la cabeza de ella.
―Mi amor, Dios impidió que yo terminara con mi vida en esa selva.
―Peter, me matas ―le decía ella con la voz entrecortada de angustia―. Él no te ayudó, dejó que te refundieras todo ese tiempo.
―Cariño ―ella cerró los ojos de golpe―, escúchame, por favor. ¿Si tú no lo haces entonces quién? No lo hago por atormentarte, solo quiero que me entiendas. Estás equivocada, Dios guió todos mis pasos, me libró de cosas peores y me dio la esperanza de un mañana mejor. Sin él no habría durado ni un mes. Viví en un infierno y, sin embargo, había pequeñas cosas que me indicaban que Dios estaba conmigo. Me visitabas en sueños, mi corazón te recibía por las noches. Te sentía, Melisa, sin saber quién eras y si eso no es un jodido milagro, entonces no sé qué más puede ser.
Se miraron con fijeza. Para Lali, la visión de Peter se tornó borrosa.
―No soporto pensar en todo lo que tuviste que pasar ―Peter la abrazó y le acarició el cabello.
―Estamos de nuevo juntos y es lo único que me importa. No te voy a presionar más, si no deseas casarte por la Iglesia está… ―ella lo acalló con un dedo en los labios que convirtió en caricia, fijó su mandíbula con la otra mano. Lali haría cualquier cosa por él. Su esposo había sufrido algo abominable, algo que no debería sufrir nadie en este mundo. A pesar de toda su fuerza guerrera era un hombre herido, vulnerable y ella no le iba a dar motivos de preocupación.
―¿Cómo puedo negarte algo si eres el centro de mi vida? Si todas las mañanas tengo el privilegio de despertarme al lado del mejor hombre del mundo, el hombre que amo por encima de todo. Hagámoslo mi amor.
―¿Estás segura? Quiero una boda por todo lo alto, pero si deseas algo más íntimo lo haremos.

Aparte de los motivos que le dio a Lali, Peter deseaba en el alma borrar la manera tan detestable con que la había tratado su familia durante el secuestro. Aunque después sus padres la hubieran compensado de alguna forma, el remordimiento seguía ahí. Después del trato que le había dispensado él en Nueva York, deseaba crear nuevas vivencias. Además, aunque la noticia de la implicación de Lali como sospechosa del plagio nunca estuvo en los medios, su padre se aseguró de ello, no quería suspicacias, ni malos entendidos, y la mejor forma era haciendo un casamiento con todas las de la ley. Necesitaba mostrarle al mundo que Lali era suya en cuerpo y alma, que esa mujer excepcional le pertenecería para siempre.

LAAAAS EXTRAÑE , PERO ESTUVE MUY OCUPADA , LO SIENTO .
LAS AMOOO! , BESOS!
@SOFI_BLOG