sábado, 16 de agosto de 2014

DVATA EPILOGO : CAPITULO 4

CAPITULO 4

Una semana después Peter llegó de la oficina y Lali estaba en el estudio con un par de carpetas en las manos, en las que había una propuesta que le había hecho llegar una trabajadora social con una solución para los desplazados víctimas de la violencia que volvían de nuevo a sus tierras en varias regiones del país. Lali  estaba evaluando entre varios proyectos para escoger uno y llevarlo a cabo con el dinero que Peter había destinado para ello. Habían iniciado el proceso de crear una fundación, y todos los trámites legales y comerciales llevarían un tiempo. Al encontrarse sus miradas, Lali se sintió hermosa, amada y al recibir el beso y el abrazo de Peter le invadió la vitalidad que aún traía su esposo después de una dura jornada de trabajo.
―Tengo que comentarte algo ―le dijo mientras se desembarazaba del abrigo y
La chaqueta. Lali se los recibió y los puso en una silla. Lo llevó al sofá con ella.
―Te escucho.
Peter le relató, algo abochornado, lo ocurrido con Joaquín Campos meses atrás al salir de la taberna, pero la mirada de Lali destilaba comprensión y aceptación.
Entonces él se relajó y le habló de las disculpas y de la visita que le había hecho el joven unas semanas antes, y luego le contó lo que tenía en mente. Después de que Joaquín saliera del lugar, había llamado a Pablo a la oficina y le había planteado la posibilidad de crear una empresa de servicios con solo personal desmovilizado de grupos ilegales. Tras estudiar varias ideas, se decantaron por la creación de un centro de atención al cliente, que tendría contrato con una de las empresas de telefonía móvil más grandes del país.
Si el proyecto funcionaba bien en la capital, Peter podría extenderlo a otras partes de Colombia.
Lali lo escuchaba anonadada. «Lo sabía», pensaba exultante. En cuanto lo conoció sabía que estaba ante un hombre fuera de lo común y otra vez la invadió el orgullo por poder recorrer el camino de la vida junto a él.
―¿Y bien? ¿Qué opinas?
―Me dejas sin palabras…
―Ven, quiero mostrarte lo trabajado hasta ahora.
Se sentó detrás del escritorio, frente al ordenador. Lali lo siguió. Peter abrió el correo y le mostró cifras y demás datos.
―Es una gran idea, mi amor. ¿Por qué no me habías dicho nada?
―Quería darte la sorpresa y cuando tuviera todo más o menos armado pedirte  ayuda.
―¿Qué necesitas?
―Quiero que me ayudes a llevar el proyecto. Serías mi asistente. Necesito que busques una psicóloga, pero no de empresa, quiero a alguien con alguna especialización. Esos chicos necesitan mucha ayuda, aparte del trabajo que les voy a brindar.
Lali le acarició el cabello y repitió:
―Asistente… ¿Tendré una oficina al lado de la tuya?
―Por supuesto.
Peter se echó hacia atrás en la silla y Lali se sentó en sus piernas y lo abrazó.
―Creo que hay un problema, señor Lanzani ―hizo hincapié en el apellido.
―Te escucho.
―A su esposa no le va gustar que contrate una asistente tan joven.
Peter enarcó una ceja ante el tono utilizado por ella y se quedó mirándola.
La notaba tensa hacía días y no sabía por qué. Había intentado que le confesase lo que sucedía, pero ella se negaba. Pensó que eran los preparativos de la boda, pero cosa curiosa, Lali tenía un don de la organización que hacía que todo marchara sobre ruedas. Luego le sorprendió que sus ojos brillaran con deleite y la sonrisa que acompañó sus palabras. Peter le siguió el juego.
―No se enterará si no le decimos nada. Pero primero, deberá pasar la entrevista para obtener el trabajo.
―Estoy preparada.
Se levantó y se sentó a horcajadas sobre él.
―¿Para qué está preparada? ―la voz de Gabriel se había vuelto ronca y evidentemente seductora.
―Para iniciar un tórrido romance con usted, señor Lanzani.
―Bien.
Peter bajó la cabeza con rapidez y le cubrió la boca con la suya y el mundo empezó a girar al responder a la codicia con que lo besaba su esposa. No se apartó cuando le murmuró:
―Repita, señor Lanzani, me calienta…
―Señor Lanzani―le decía mientras le aflojaba el nudo de la corbata y le desabotonaba la camisa. En cuanto tuvo su pecho descubierto lo acarició con los labios, mientras un escalofrío surcaba su piel. Le gustó la manera en que Peter entornó los ojos―, está será una de las ventajas de tenerme como asistente.
―Es usted endiabladamente sexy. Eso es un problema ―le susurraba mientras le acariciaba los brazos de arriba abajo. Sin quitarle la mirada de encima, llevó la mano a la gargantilla que Lali no se quitaba desde el día en que Peter se la había puesto, prolongó la caricia hasta la hendidura de la garganta.
―¿Para quién? ¿Para usted, señor Lanzani, o para su esposa?
―Para ambos. Puede apostar su dulce trasero a que sí. No sé si podré mantener las manos lejos de usted trabajando tan cerca.
―¿Desea que le demuestre alguna habilidad en especial?
―La que usted considere conveniente para asegurar el trabajo.
Las palabras pronunciadas por Peter fueron como una caricia sensual que casi le hizo derretirse. Lali suspiró cuando su boca rozó de nuevo los labios de Peter e introdujo la lengua, besando primero las comisuras a lado y lado. Luego llevó los labios al lóbulo de la oreja, que besó y mordisqueó durante un rato.
―¿Qué tan tórrido será el romance?
―No tiene idea…, señor Lanzani.
Ella se arrodilló a sus pies. Peter atesoraba en su mente todas las posiciones utilizadas por ella, pero esta le daba un halo de sumisión del que carecía en toda la jornada y un deseo primitivo de dominar lo invadía. Ella le terminó de desabotonar la camisa, le desabrochó la hebilla del cinturón y, con dificultad, dejó  el miembro al descubierto. Erguido, duro y caliente. El semblante de Peter mudó a uno alterado en cuanto lo tomó en su boca.

Absorto de excitación y amor se estremecía ante las caricias de los labios y la lengua de su mujer. Sus clamores inundaron el lugar durante varios minutos.

Hola nenas! como estan? espero que esten bien! 
besos las quiero
@sofi_blog

sábado, 9 de agosto de 2014

EPILOGO DVTA : CAPITULO 3

CAPITULO 3

Regresaron a Bogotá al día siguiente, descansados y bronceados, para sumergirse en la vorágine de los preparativos de la boda.
Cuatro semanas después ya no estaba tan seguro. Entre su madre, su suegra y la
coordinadora de bodas lo estaban volviendo loco. Optó por la salida de todos los hombres, cuando de decisiones hogareñas se trataba: dejó todo en manos de Lali y una organizadora de bodas. Lo único que exigió, en medio de la negociación, era que la boda se celebrara en Cartagena.
Lali actuó como un general con la coordinadora de eventos, le dijo a Peter que a partir de ese momento ella se encargaría de todo y supo mantener a raya a Amalia y a Mariela que, aunque bien intencionadas, no compartían el mismo parecer en cuanto a decoración, platos y menús. Mantuvo los preparativos en secreto y Peter la dejo hacer encantado.

Mientras tanto, Peter, ya inmerso en su trabajo, recibió la visita de Joaquín Campos, el guerrillero desmovilizado al que le había prometido trabajo en cuanto terminara el curso de informática que realizaba con una entidad del Estado. Lo recibió enseguida. Notó al joven algo apabullado al entrar a la oficina. «El cambio de roles», sentenció en sus pensamientos Peter. Respondió al saludo con un
apretón de manos que notó algo húmedo.
Lo invitó a tomar asiento y después por el intercomunicador pidió a la secretaria un par de cafés.
―¿Ya ha terminado el curso?
―Sí, don Peter. Aquí traigo los papeles que me certifican como experto en informática.
Peter cogió el legajo y leyó cada uno de los papeles.
―Sacaste buenas notas.
―Sí, señor.
Otra vez el silencio. Entró la secretaria con una bandeja. Joaquín tomó la taza con gesto algo nervioso.
―¿Has vuelto a hablar con alguno de ellos?
Joaquín sabía que con «ellos» se refería al grupo al que había pertenecido hasta hacía un año atrás.
―No, señor. No estaría aquí en este momento.
―Entiendo. ¿Has pasado currículums a otras empresas? ―preguntó Peter al tiempo que depositaba su mirada en el joven.
―Sí, señor ―dudó un momento y Peter terminó por él.
―Yo fui tu último recurso ―el joven asintió―.¿Por qué?
Lo miró callado durante unos segundos.
―Me avergüenza lo ocurrido. No es fácil para mí mirarle a la cara.
―Entonces, ¿por qué no aceptaste la propuesta en otra parte?
La mirada de angustia y desespero de Joaquín tocó una fibra sensible en el alma de Peter. Este joven tenía una familia que mantener.
―La gente no quiere nada con nosotros, don Peter. Piensan lo peor.
Peter quiso reprocharle muchas cosas. Decirle que ellos mismos eran los culpables de su actual situación, pero no sacaría nada con eso.
Se quedó unos instantes pensativo y de pronto se le ocurrió una idea.
―¿Cuántas personas viven contigo y cuántos son cabeza de familia?
―Somos doce en este momento y ocho son cabeza de familia.
―Vamos a hacer lo siguiente.
«Llegó el momento de ensuciarse las manos por los demás», pensó sorprendido de ver hasta dónde había cambiado por Lali, por el secuestro, por la vida, en fin…
―Necesito que me reúnas una información.
El joven lo miraba algo desconfiado.
―No voy a acusar a nadie.
―No se trata de eso. Debes aprender a confiar en mí. Lo que te voy a plantear tiene que ver con el futuro tuyo y del resto de compañeros.
―Lo escucho.

Mariela revoloteaba alrededor de Lali mientras esta preparaba la cena de Peter. Aunque tenía empleadas de sobra para ello, le gustaba agasajar a su esposo con algún plato preparado por ella. Era noche de lasaña. Rallaba el queso de forma brusca e impaciente. La rigidez en sus gestos transmitía claramente su estado de ánimo.
―El pobre no tiene la culpa.
―¿De qué hablas?
―Que no estás rallando el queso, lo estás machacando.
Lali soltó los utensilios y le pidió a Antonia, una de las empleadas, que siguiera con la labor. Mientras tanto ella se dirigió a uno de los muebles y sacó un par de bandejas de vidrio.
―Quiero que le lleves una bandeja a papá.
―Se chupará los dedos, estoy segura.
Lali había tenido el periodo esa tarde y se sentía miserable. Tan pronto concluyeran esos días pensaba ir al ginecólogo. Ya era hora de examinarse y averiguar cuál era el problema. No quería que su madre se enterara, pero percibía su mirada y sabía que algo andaba mal.
Mariela, aparte de sabia, era bruja. Revolvió la salsa boloñesa con la cuchara de palo y la dejó en un plato de porcelana. A continuación procedió a preparar la salsa blanca. En una sartén echó una barra de mantequilla que chisporroteó e invadió el lugar con su aroma, la mezcló con harina de trigo hasta obtener una pasta suave, le agregó la leche sin dejar de remover y luego la cebolla rallada y le pidió a Antonia la pimienta. Armó la lasaña mientras le hacía preguntas banales a Mariela sobre la joyería y la exhibición de las diferentes piezas en un estand de una importante feria que les había otorgado buenos contactos. Lali se sorprendía del desparpajo de su madre al abordar el tema de la joyería. Se sentía orgullosa de ella.
Después de un par de minutos de silencio, y cuando puso las dos bandejas en el horno y despachó a Antonia de la cocina, se sentó junto a ella alrededor de la mesa del comedor auxiliar con sendas tazas de té. La cocina era una mezcla de olores agradables: orégano, finas hierbas, revuelto con el aroma de la cebolla y la lasaña que salía del horno.
Todos los electrodomésticos eran de última generación. A Lali le encantaba el lugar.
―¿Me vas a decir qué te pasa?
Lali tomó la taza con las dos manos y sorbió el líquido caliente.
―Tuve el periodo esta tarde.
―Entiendo.
―Algo debió pasar cuando perdí a mi bebé ―el tono utilizado denotaba que aún le dolía profundamente esa pérdida―. Fue tan fácil la primera vez.
―Has pasado por muchas cosas. Deja que tu organismo encuentre el equilibrio por sí solo. No te presiones o será peor.
―Es que quiero que todo sea como antes del secuestro.
―Nada será como antes, debes entenderlo. Ustedes son personas distintas, con una profunda experiencia dolorosa a cuestas. Pero son jóvenes… ¡Disfruta estos momentos con tu esposo! Tuvieron su vida suspendida un tiempo, están recién
casados, están aprendiendo a conocerse y a convivir. Además, las mujeres de mi familia somos tardías para los embarazos. Tú llegaste después de siete años de matrimonio.
Lali la observó con gesto desolado.
―Deseo tanto un hijo…
―Tú quieres que regrese el hijo que perdiste, ese es el problema. ¿Cómo vas a conseguir quedar embarazada si no lo dejas ir?
―Como si fuera tan fácil.
―Peter te presiona de alguna forma para tener hijos?
―No, ¡cómo se te ocurre! He tratado de ocultarle mis sentimientos.
―Ese marido tuyo bebe los vientos por ti de una manera… ―puso los ojos en
blanco―. Si se enterara de cómo te sientes buscaría una solución solo para no verte tan preocupada.
―Lo sé.

―Paciencia, Lali, paciencia. Si no es tu momento ahora por algo será y si te estresas será peor. Debes consultar un médico, esa ansiedad no es normal. Eres una mujer fuerte a pesar de tus temores. No le des el mando a tus miedos. No quieras tener todas las pelotas en el aire, porque terminaran en el suelo. Bueno, y cambiando de tema, ¿ya escogiste el vestido?

Perdon !

Hola, chicas , perdon perdon perdon perdon , en serio lo siento me pasaron mil cosas : se me perdio el USB donde esta toda la novela y todas las cosas y archivos que tengo :( , mi compu se me malogro , y no tenia mucho tiempo salgo a las 16:00 del cole y luego tengo que regresar a las 18:00 y salgo casi a las 21:00 y no tengo mucho  tiempo , tampoco estuve mucho en twitter , se que le va a llegar leer esto , lo se .
asi que les pido perdon  voy a tratar de subir mas seguido

domingo, 9 de marzo de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 2

CAPITULO 2


Lo encontró junto a la mesa de la cocina cortando unos trozos de fruta en un bol. Sus ojos de musgo descansaron en ella. Lali sonrió orgullosa de saber que ese hermoso hombre le pertenecía. Caminó hacia él y apoyó el rostro en su espalda y le pasó las manos por debajo de los brazos hasta posarlas en su pecho. Vestía un bañador y tenía el torso desnudo. Besó su espalda y le acarició los pectorales. Lo oyó suspirar.
―Buenos días, amor de mi vida.
―Buenos días, preciosa.
Lo aferró más a ella.
―Lali, ¿qué pasa?
Era incapaz de decirle la verdad.
―Que soy muy feliz, que tengo el marido más guapo del mundo, además de trabajador y…
Peter gruñó, dejó enseguida lo que estaba haciendo, se giró despacio, se limpió las manos con una toalla de cocina y las apoyó en la mesa.
―¿Qué pasa, mi amor? Si es por lo ocurrido anoche, no tienes que…
Ella se perdió en su mirada y se arrebujó en él, para pegar la nariz y aspirar su aroma. Susurró algo que él no entendió.
―¿Cómo? ―la sujetó por la nuca y le levantó el rostro.
―Tengo miedo ―le confió con los ojos cerrados, negándose a mirarlo.
El tono de voz en el que fueron pronunciadas las palabras lo enterneció. La contempló unos segundos en silencio, le apartó un mechón de cabello y le besó la nariz. Luego la llevó a una de las sillas y la sentó en sus piernas como si fuera un bebé. Cogió sus manos y le besó las palmas.
―¿A qué tienes miedo?
―A que todo sea un sueño, que vuelvan a separarnos. A que me dejes de amar, a no poder darte hijos.
―Shsss… Tranquila, mi amor.
―Es que…
Acercó la cabeza y sus labios encontraron la boca de Lali dócil y dispuesta. La besó con suavidad, saboreándola, disfrutando como siempre de ese momento mágico que solo ella le brindaba. Segundos después le habló al oído.
―No es un sueño y te lo puedo demostrar ahora mismo ―sonrió ante la mirada de ella―. Nadie volverá a separarnos, te amaré hasta el último día de mi vida y más. Te daré hijos e hijas con tus ojos y tu corazón.
La única promesa que tenía asidero era que la amaría hasta el día que muriera, que la locura que había empezado en Cartagena lo acompañaría hasta el día de su muerte. Lo sentía en lo más profundo de su alma. Vivir sin ella era como tratar de vivir sin un corazón, imposible. Pero para el resto de promesas debía revestirse de fe, sí, únicamente la fe haría que ellos tuvieran la vida que merecían. La sintió algo más tranquila. La abrazó y la besó para arrasar con los malos pensamientos. Él también necesitaba convencerse de que nada saldría mal.
―Júrame que no nos separaremos más, Peter―insistía ella.
―Te lo juro por tu vida que es lo más valioso para mí. Te lo juro.
La expresión de Peter cambió enseguida a un gesto oscurecido por el deseo. Solo ella contaba con la capacidad de hacerlo arder con una simple caricia o con su tono de voz suplicante y demandante.
Cuando pronunciaba su nombre, solo podía imaginarla gimiendo entre las sábanas.
La levantó y la tumbó en el sofá que tenía más cerca. Entre besos ansiosos y desaforados la cubrió con su cuerpo. Deseaba aguantar un poco la pasión. Desde el regreso anhelaba poseerla con urgencia, como si se la fueran a arrebatar de un momento a otro. Necesitaba respirarla, respirar a través de ella.
Ansiaba dominarla con ímpetu de pasión. Arrancarle la ropa, hacerla suya mil veces más, atar su cuerpo al de ella desde la punta de los pies hasta lo más profundo del alma. Atravesarle la boca con la lengua hasta más allá de la garganta. « ¿Cuándo cesará esta locura? ¿Cuándo?» se preguntaba mientras la observaba ruborosa y apasionada. Melisa arqueó la espalda al entrar en contacto con el pecho de Peter y empezó a gemir cuando sus manos emprendieron el camino de los pechos.
―Me calientas tanto… ―le susurraba mientras la despojaba del vestido de baño y hundía los dedos entre sus nalgas, al tiempo que la acomodaba para disfrutarla.
―No era mi intención ―contestó ella con simulada seriedad a punto de soltar la carcajada. Lo deseaba todo el tiempo.
La fulminó con una mirada inexorable y en tono ronco le ordenó:
―Quiero que sea tu intención siempre.
Se amaron en el sofá. La cabaña fue testigo de los gemidos desmayados de Lali, de las aspiraciones roncas de Peter, de la liberación de los dos, del deseo de Peter de llegar con sus embestidas a algún punto inalcanzable, de las palabras de amor que se alejaban para perderse con el sonido de las palmeras silbantes y de las olas del mar. Cuando cayó exhausto sobre ella, la acarició con ternura y le besó la frente, le puso el cabello detrás de la oreja y aspiró su aliento mientras saboreaba sus labios entreabiertos. Ella sonrió con los ojos aún cerrados.
―¿Por qué sonríes?
―Porque tan pronto abra los ojos me voy a encontrar al hombre más hermoso que he visto.
Él soltó una carcajada y le acarició el abdomen.
―Hermoso ―le dijo en tono jactancioso―. Entonces soy hermoso.
―¡Por Dios! ¿Qué he dicho? ―abrió un ojo y le sonrió―. Lo que hacemos las mujeres después de un orgasmo.
A continuación trató de levantarse, pero su marido tenía otros planes.
―Dicen siempre la verdad.
Se deslizó con ella y a punta de cosquillas y jugueteos le hizo repetir y prometer todo lo que se le ocurrió.
El resto del día pasearon por la playa, se tumbaron al sol y por la tarde recorrieron la ciudad y los alrededores. Lali compró artesanías y un bolso tejido por los indios arahuacos. Llegaron a la cabaña y se bañaron juntos después de hacer de nuevo el amor.
Peter le había pedido antes que se arreglara para una cena formal. Lali pensó que volverían a salir, pues no le había dicho nada más. Cuando se reunieron en la sala, Peter silbó por lo bajo.
―Estás hermosa.
―No tanto como tú.
Peter le sonrió con gesto de complacencia. Vestía un pantalón de lino y camisa suelta de lino también. A Lali le recordó la noche de su primera cena en el restaurante de Cartagena.
El vestido de ella era sencillo, de color hueso de algodón por debajo de la rodilla, sin mangas y un pequeño escote que mostraba algo de piel ligeramente bronceada. La tomó de la mano y la llevó por un camino de antorchas a unos metros de la playa, a una mesa arreglada de forma elegante. Un amable camarero se acercó.
―Mi amor, ¡qué sorpresa!
―Para ti lo mejor.
Habían actuado de manera sigilosa, pues Lali no se había dado cuenta de nada. Se le había hecho extraño que Peter hubiera mandado prender algunas antorchas, pues les tenía prohibido a los escoltas que se acercaran a la cabaña. Estaba encantada, la comida había sido encargada a uno de los mejores restaurantes de la ciudad y consistió en un plato de mariscos bañado en vino blanco y ensalada griega.
La noche era perfecta, la luna brillaba y una suave brisa mecía las palmeras casi al mismo ritmo en que arribaban a la playa las olas del mar. El momento era mágico, el amor flotaba en el ambiente. A los lejos llegaban los acordes de una canción desde el equipo de alta fidelidad que había en la cabaña.
Peter la invitó a bailar, se pegó a su cuerpo al ritmo de un bolero instrumental. No era buena bailarina, pero junto a él flotaba. Peter posó sus manos en las nalgas.
―¡Atrevido! ¿Qué dirá el camarero? ―le susurró Lali algo apenada.
―¿Muy atrevido? ―la acarició con más ímpetu y la pegó más a él―. Lo despaché con un gesto hace unos segundos. Estamos solos.
―Tus vigilantes están por algún lado y tenlo por seguro que no te quitan la vista de encima.
―Les di un rato libre, no te preocupes.
La abrazó y le susurró al oído, con una voz profunda y oscura que la hizo estremecer, la canción de la melodía que les llegaba desde la casa: «Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez». En ese momento la obligó a mirarlo y le siguió cantando: «Que tengo miedo a tenerte y perderte después». Peter dejó de cantar y volvió a pegarla a su pecho. Lali estaba más allá de la emoción, parecía que su corazón iba estallar de gozo por la felicidad compartida. Al terminar la canción volvieron a la mesa. Peter no dejaba de mirarla, sacó una pequeña bolsa de terciopelo azul oscuro y se la extendió.
―Mi amor…
Peter deseaba llenarla de joyas de la cabeza a los pies, pero sabía que eso no haría feliz a su esposa. Sin embargo, en cuanto vio la piedra de la joya que Melisa extendió en sus manos, mandó diseñar
lo que para él era un símbolo de su amor.
―Peter…
Él sonrió ante el gesto de ella.
―¿Te gusta?
―Es… ― expresó sin aliento― preciosa.
Era una hermosa gargantilla en oro blanco, con las iniciales de los nombres de los dos unidas por un corazón que era un diamante azul claro incrustado en una montura de diamantes plateados. Lali nunca había visto una piedra tan perfecta. Era un fino trabajo de joyería. Peter la contemplaba expectante.
A Lali se le aguaron los ojos ante lo que significaba o lo que creía ella que significaba, y no se equivocó.
―En cuanto vi la piedra te recordé en la playa de Barú. Te he dicho mil veces que el color de tus ojos es el mismo ―carraspeó, emocionado. Peter se levantó, llegó hasta ella y tomó la cadena en sus manos―. Esa tarde me hechizaste y bendito sea el momento en el que mi corazón dejó de pertenecerme. Es todo tuyo. Obsérvalo, está ocupado por ti. Es un símbolo de mi amor que quiero que lleves siempre. Tienes mi corazón en tus manos.
Le puso la joya con gesto nervioso y cuando abrochó el cierre no pudo evitar acariciarle la nuca. Ella sintió que esa caricia la quemaba, quería deshacerse bajó el toque de sus manos, derretirse de amor en esa playa mágica.
Lali nunca olvidaría esa noche, la luna inmensa, las estrellas desparramadas en el cielo, y la mirada verde musgo de su Peter que la envolvía, la esclavizaba y la liberaba, la hacía sentirse viva.
―Mi amor ―le dijo emocionada―, te amo. La vida no me alcanzará para dar rienda suelta a este amor que siento por ti. Quiero despertar todos los días entre tus brazos, reír entre tus labios y que me mires así siempre.
―Quiero que te cases conmigo.
Ella sonrió.
―Ya estamos casados.
―Por la Iglesia.
―A los ojos de Dios ya estamos casados ―contestó reticente.
―Necesito hacerlo, amor ―señaló él, mientras trataba de convencerla.
―No es necesario, me siento tu esposa desde hace mucho tiempo ―le sonrió y le acarició el rostro―. Hay un papel firmado por ahí, en algún lado ―contestó queriendo quitar hierro al asunto.
Había estado tan disgustada con Dios por todo lo ocurrido que le parecía una hipocresía plantarse delante de un sacerdote para bendecir la unión, pero Gabriel pensaba diferente; es más, él, que había sido poco creyente o hasta donde ella sabía, la arrastraba a la iglesia los domingos.
―Quiero empezar de cero.
― ¿Por qué?
―Mi amor, quiero poner el mundo a tus pies. Nunca imaginé, cuando nos conocimos en Cartagena, que pudiera existir un sentimiento semejante. Me haces el hombre más feliz del mundo y quiero que tú sientas igual. Me has dado muchas cosas. Te dije una vez que a tu lado soy mejor persona. Por favor, todo esto que siento quiero que lo bendiga Dios.
Ella lo miró dubitativa.
―No sé…
Él le aferró las manos y le dirigió una mirada punzante. Parecía adivinar todo lo que pasaba por la cabeza de ella.
―Mi amor, Dios impidió que yo terminara con mi vida en esa selva.
―Peter, me matas ―le decía ella con la voz entrecortada de angustia―. Él no te ayudó, dejó que te refundieras todo ese tiempo.
―Cariño ―ella cerró los ojos de golpe―, escúchame, por favor. ¿Si tú no lo haces entonces quién? No lo hago por atormentarte, solo quiero que me entiendas. Estás equivocada, Dios guió todos mis pasos, me libró de cosas peores y me dio la esperanza de un mañana mejor. Sin él no habría durado ni un mes. Viví en un infierno y, sin embargo, había pequeñas cosas que me indicaban que Dios estaba conmigo. Me visitabas en sueños, mi corazón te recibía por las noches. Te sentía, Melisa, sin saber quién eras y si eso no es un jodido milagro, entonces no sé qué más puede ser.
Se miraron con fijeza. Para Lali, la visión de Peter se tornó borrosa.
―No soporto pensar en todo lo que tuviste que pasar ―Peter la abrazó y le acarició el cabello.
―Estamos de nuevo juntos y es lo único que me importa. No te voy a presionar más, si no deseas casarte por la Iglesia está… ―ella lo acalló con un dedo en los labios que convirtió en caricia, fijó su mandíbula con la otra mano. Lali haría cualquier cosa por él. Su esposo había sufrido algo abominable, algo que no debería sufrir nadie en este mundo. A pesar de toda su fuerza guerrera era un hombre herido, vulnerable y ella no le iba a dar motivos de preocupación.
―¿Cómo puedo negarte algo si eres el centro de mi vida? Si todas las mañanas tengo el privilegio de despertarme al lado del mejor hombre del mundo, el hombre que amo por encima de todo. Hagámoslo mi amor.
―¿Estás segura? Quiero una boda por todo lo alto, pero si deseas algo más íntimo lo haremos.

Aparte de los motivos que le dio a Lali, Peter deseaba en el alma borrar la manera tan detestable con que la había tratado su familia durante el secuestro. Aunque después sus padres la hubieran compensado de alguna forma, el remordimiento seguía ahí. Después del trato que le había dispensado él en Nueva York, deseaba crear nuevas vivencias. Además, aunque la noticia de la implicación de Lali como sospechosa del plagio nunca estuvo en los medios, su padre se aseguró de ello, no quería suspicacias, ni malos entendidos, y la mejor forma era haciendo un casamiento con todas las de la ley. Necesitaba mostrarle al mundo que Lali era suya en cuerpo y alma, que esa mujer excepcional le pertenecería para siempre.

LAAAAS EXTRAÑE , PERO ESTUVE MUY OCUPADA , LO SIENTO .
LAS AMOOO! , BESOS!
@SOFI_BLOG 

domingo, 2 de marzo de 2014

EPILOGO DVATA : CAPITULO 1

Capítulo 1

Corría como si la vida le fuera en ello y así era. Con la respiración agitada y el corazón a punto de tiro, miraba hacia atrás de vez en cuando. Solo veía el verde de la selva, que parecía correr detrás para tragárselo, y los árboles que se extendían como flechas hasta el cielo. Percibía las grietas y las trampas de maleza a su paso. Escuchaba el susurro de los animales, el revoloteo de alas invisibles. El intenso olor a clorofila y humedad le produjo náuseas y entonces lo sintió. Alguien lo cogía de la cadena que tenía amarrada al cuello, tiraba y tiraba, lo que le produjo asfixia. Trataba de defenderse con las manos, pero era inútil. Otra vez volvía al hueco negro en el que había estado refundido casi dos años.
―¡No! ¡No voy a volver! ¡Malditos, malditos!
―¡Peter para, por favor, despierta! ―Melisa lo movía para sacarlo de la pesadilla en la que se encontraba. Su cuerpo se sacudía bruscamente y los dolorosos quejidos le partieron el alma.
Abrió los ojos asustado. Aún estaba inmerso en el espejismo.
―¡No! ¡No! ―gritó, acostado, todavía manoteó en el aire, lo que hizo que Lali brincara al extremo de la cama para evitar un golpe.
―Mi amor, estás a salvo, estás conmigo ―Lali se acercó de nuevo y se tendió junto a él.
―¡Dios mío!
Peter se levantó enseguida y se sentó en la cama con los codos sobre las piernas y la cabeza entre las manos. Era la cuarta pesadilla en los tres meses que llevaban juntos. Se dio la vuelta y la miró con temor.
―¿Te he hecho daño? ¿Estás bien?
La primera vez que ocurrió la había lastimado, pero ella sabía que Peter aún no se perdonaba por eso. Estuvo una semana sin dormir con ella. Era un hombre orgulloso y Lali estaba al corriente de que no le gustaba mostrar vulnerabilidad en ninguna faceta de su vida. Le había dado unos días para que se calmara, pero al ver que pasaba una semana y persistía en ello, había entrado una madrugada al cuarto de huéspedes y le había dicho que si no podía compartir lo malo, entonces tampoco estaba lista para compartir lo bueno y que volvería a su casa. Peter en principio se negó, suplicó, discutieron, hasta que accedió a dormir de nuevo con ella a regañadientes y con muchas reservas.
Ella se arrodilló en el lecho y le acarició la espalda cubierta por una película de sudor. Trató de abrazarlo, pero él fue más rápido y se levantó de golpe. Caminó como fiera enjaulada, se llevó las manos atrás de la cabeza.
―No debería dormir contigo.
―Ya lo hemos discutido.
―Estás bajo mi responsabilidad. Aceptémoslo hasta que termine la terapia.
―Mi lugar está en esta cama contigo y con todo tu equipaje.
A pesar del tono suave empleado por Lali, Peter sabía que nada la haría cambiar de opinión.
Cuando ella quería, era pura roca.
―No quiero volverte a lastimar.
―No lo harás ―le contestó ella con convicción―, porque te apoyarás en mí.
―¿Así como tú te apoyas en mí? ―el reproche en su tono fue evidente, pero al ver su expresión se arrepintió enseguida de sus palabras. La abrazó angustiado―.  Mi amor. Te necesito tanto, tanto… Eres mi sanación, mi amor, mi amor, mi amor…
―Aquí estoy para ti.
El ansia tan elocuente con que la había sujetado hizo que Lali lo abrazara con vigor para calmarlo.
Dejó la angustia a un lado y se vistió de ternura para él. Se volvieron a acostar, abrazados. Peter apoyó la cabeza en el pecho de Lali y cerró los ojos. Ella le acariciaba el cabello
―Descansa, mi vida. Te prometo que mañana todo irá mejor.
―Deseo que esas horrorosas pesadillas queden atrás ―le susurró después de un bostezo.
―Quedarán enterradas bajo miles de momentos felices. Te lo juro.
Era viernes y habían llegado a la cabaña de Santa Marta a últimas horas de la tarde. Peter llevaba dos meses inmerso en una fusión importante de una de sus empresas y le había pedido, no, pedido no… exigido un par de días en la soledad del lugar. La respiración de Peter se normalizó, lo que indicaba que ya se había dormido. Para lali fue más difícil conciliar el sueño. Deseaba tanto ayudarlo. Para
Ser un hombre que había sufrido la experiencia de un secuestro había evolucionado muy bien. Los ataques de ansiedad no se habían vuelto a repetir y ya había reanudado su vida social, en la que ahora estaba incluida ella. Las pesadillas y los recuerdos eran lo único que quedaba de la amarga experiencia.
Lali despertó horas más tarde y observó a Peter que dormía boca abajo con medio cuerpo enredado en la sábana. El rostro varonil de su esposo estaba relajado, quiso acariciar su frente, delinear las cejas, pero no quería despertarlo. Ella sonrió ante el largo absurdo de sus pestañas, las envidiaba.
Se percató de que las líneas alrededor de la boca se estaban desvaneciendo. No quedaban rastros de lo ocurrido la noche anterior, por lo menos en su apariencia externa. Se levantó despacio, se vistió deprisa, intentó silenciar sus acciones y salió de la habitación. Hasta ella llegaban los rayos de sol del amanecer y el sonido de las olas del mar. En la cocina puso la cafetera y anduvo rumbo a la playa, como hacía todas las mañanas que visitaba aquel lugar.
El paisaje se abrió ante ella como una hermosa postal. Dio gracias al cielo por poder disfrutarlo y por la bendición de tener a Peter de nuevo en su vida. Lo adoraba, era un sentimiento que iba más allá de todo lo que había vivido hasta ese momento. Su semblante se ensombreció un poco, al saber que ese mes tampoco le daría la noticia tan anhelada por ambos, más por ella, que deseaba tanto quedar embarazada, pero parecía que la vida tenía otros planes. Hacía tres meses que habían vuelto. Todavía era muy pronto para consultar a un médico y a lo mejor todo lo ocurrido le pasaba factura a su cuerpo, lo que podía ocasionarle algún ligero desorden. Esperaba que fuera eso y no el aborto que había sufrido

Tiempo atrás. A veces pensaba que vivía en un sueño. Había estado mucho tiempo sin permitirse ser feliz y otras veces pensaba que un mal designio acabaría de nuevo con todo, como hacía dos años. Ese era uno de los temores que se guardaba para sí y, por lo visto, no lo había hecho bien, porque Peter la tenía calada. No le pasó desapercibida la pregunta de la noche anterior. Le guardaba sus recelos para no abrumarlo. Desde que habían vuelto, encontraba cualquier pretexto para estar con él. Las horas que Peter pasaba en la oficina se le hacían eternas y cuando llegaba buscaba enseguida su contacto de manera alucinante. Le acariciaba el rostro, le besaba los labios y los ojos, lo tocaba en todo momento, le aferraba la mano y sabía que Peter adivinaba su condición porque estaba peor que ella. La llamaba decenas de veces a lo largo del día y la reñía si se retrasaba en alguna diligencia. A veces lo notaba avergonzado y le decía que no deseaba ahogarla o privarla de hacer sus cosas, pero el temor a perderla ganaba cualquier batalla en su interior y con eso su marido no jugaba. A continuación observó el mar otra vez y se levantó para volver a la cabaña.

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EPILOGO DVATA : SINOPSIS

Sinopsis

Lali y Peter afrontan de nuevo el reto de estar juntos. Sin embargo, el peso de sus sufrimientos y el tiempo que duraron separados, aún media en la relación. Empieza el verdadero caminar, donde las inseguridades y los temores van de la mano de su inquebrantable amor. Se renuevan promesas y sentimientos.
En el epílogo de esta historia; Lali y Peter como el Ave Fénix resurgen de las cenizas y se reconcilian con el pasado, para dar la bienvenida a la nueva vida que los espera.     

sábado, 22 de febrero de 2014

CAPITULO OCHENTA Y SEIS

CAPITULO OCHENTA Y SEIS

Pasaron los minutos y cuando pudo recuperar la voz, dijo:
—Me duele que hayas sufrido tanto.
—Vamos a la cabaña, tengo sed.
—Te haré una limonada —dijo ella solícita, se limpió la cara con ambas manos, y caminó rápido hasta la casa. Necesitaba calmarse. Quería recomponerse de todo lo que había escuchado. Inspiró mientras trataba de normalizar la respiración.
Abrió la nevera que estaba equipada con toda clase de alimentos, colocó en el mesón de la cocina media docena de limones grandes. Los lavó y secó, y luego procedió a cortarlos por la mitad. Sacó un recipiente de agua de la nevera. Cuando se sintió dueña de sus emociones, levantó la mirada y dio de lleno con la mirada concentrada de Peter.
Él se acercó a ella por detrás. Colocó sus manos sobre las de ella, y siguió cada uno de sus movimientos mientras que con la boca le rozaba el lóbulo de la oreja.
Lali  sonrió ya más calmada, y disfrutó de cada caricia que le brindaba su marido, no se le ocurriría separarse por nada del mundo.
—¿Cuántos limones le echamos al agua? —susurró con la respiración entrecortada.
—Los que quieras —le respondió él, en un tono de voz que evidenció, que pensaba en todo menos en los dichosos limones.
—No hay exprimidor —comprobó ella, sintiéndolo, añorándolo como nunca. Él le respiraba en el cabello, en el hombro.
Peter tomó uno de los limones, siempre con la mano de él en la de ella, y lo exprimió en la jarra.
El jugo les rodaba por los brazos.
—¿Efectivo, no? —le preguntó con voz ronca pegado su cuerpo totalmente al de ella.
—Sí, muy efectivo —le contestó con un tono de voz sensual.
Al tercer limón, Melisa extendió las manos en el mesón, que era un estropicio de jugo y limones exprimidos.
Peter le acarició las manos de arriba abajo, una y otra vez. En un momento dado empezó a acariciarle los brazos, con las manos impregnadas de jugo de limón.
—¿Será suficiente? —le dijo, al tiempo que apretaba los labios contra su hombro y llevaba el beso hasta el nacimiento del cuello.
A Lali se le doblaron las rodillas y la piel se le estremeció, como si ese beso hubiese tocado una parte de su alma.
Era dolorosamente consciente de él. La presión de su espalda. Su miembro lo sentía pegado a la cintura.
—Creo que no —dijo ella, dio la vuelta, muy despacio y quedaron frente a frente. Lali levantó los brazos y lo abrazó con un ardor que crecía minuto a minuto. Plena de dicha y con las dudas enterradas, le abrió el corazón para sanarlo con su amor.
Acercó su boca a la boca de él y lo besó como quería hacerlo desde hacía mucho tiempo, lo saboreó y lo mordisqueó, chupándole los labios hasta que él asedió el movimiento de su boca e introdujo la lengua.
La devoró sin tregua, y reconoció cada rincón con desconcierto, totalmente alterado. Al mismo tiempo tomaba posesión de cada curva y cada centimetro de piel hecha para el amor.
—¿Suficiente? —le preguntó él con un susurro apasionado y mirándola a los ojos.
—Ni de lejos —contestó ella en la misma tónica.
Cuando los pezones recibieron las atenciones de su boca, Lali empezó a gemir. Se moría por sus gemidos, se moría por ella. Su corazón brincaba acelerado de la dicha, por tenerla allí de nuevo, por saberla de nuevo suya, por volverla a sentir.
Él intensificó las caricias totalmente enardecido. Agasajó su cintura y su abdomen. Con el pulgar le acarició el ombligo. Bajó las manos y le apretó las nalgas. En un solo movimiento brusco, la despojó del pantalón del bikini.
Lali estaba excitada. Era puro fuego.
—Eres tan hermosa —lo dijo con algo de reproche en su voz, y la devoró con la mirada.
Para él era difícil darse cuenta cuánto dependía de ella para vivir. No quería sufrir más, la quería toda, en cuerpo y alma.
—¿Me perteneces? —preguntó inseguro todavía.
lali lo agarró del cabello, lo separó de ella unos centímetros, y le dijo:
—Soy toda tuya, mi amor —lo miró con sus transparentes ojos azules y con labios temblorosos le dijo: —No estoy completa sin ti. Estos dos años han sido una tortura. Te extrañé tanto…
—¿Cómo me extrañaste? —le exigió ansioso.
—Te extrañe aquí —y se llevó una mano de él al corazón—.Extrañaba sentirte dentro de mí, extrañaba tus besos, tus caricias. En las noches soñaba que me acariciabas, y era tanto mi anhelo que me dormía llorando.
Peter empezó a acariciar su centro, con caricias suaves al principio, hasta que parte del fuego de ella lo quemó y, con desenfreno, fue bajando hasta tomar con la boca su centro. Gemía desesperado mientras enterraba la nariz y la boca en su femineidad, absorbiendo su aroma con deleite, repasándola, probándola una y otra vez. Con voz áspera y lujuriosa, le dijo:
—Miel y limón, delicioso —levantó la mirada, una mirada de llena de pasión, de promesas.
Le levantó la pierna, acomodándola sobre el hombro, y se perdió en las profundidades de sus pliegues. Devoraba lo que era suyo con gula, con voracidad, para lograr lo que estaba logrando en ese instante; que su mujer perdiera el control. Ella acunaba la cabeza con sus manos, y le acariciaba el cabello. Cuando sintió los ramalazos del orgasmo, la colocó sobre el mesón, se despojó de la pantaloneta y le hizo abrir las piernas. No aguantó más y la penetró enseguida.
¡Dios! Pensó que iba a acabar enseguida; respiró agitado, y se obligó a calmarse.
Se miraron fijamente.
—Te amo, te adoro —le decía él en tono áspero y apasionado—. Eres mi vida.
Empezó a embestir suavemente, quería que durara. Pero su esposa quería otra cosa. Ella le presionó las nalgas y lo obligó a penetrarla más profundamente.
—Oh, Peter, por favor… —le decía en susurros —. Te amo tanto.
Lo besó con desesperación.
Las palabras de Lali lo atravesaron de arriba abajo y gimió cuando sintió su pene crecer aún más dentro de ella. Con los ojos cerrados vio formas de brillantes colores que iban y venían al ritmo de sus pulsaciones. Peter se desbarrancó en embestidas fuertes varias veces, y clamó como condenado cuando alcanzó el orgasmo detrás del de ella.
Ninguno de los dos podía hablar.
Peter la tomó de las nalgas, y con las piernas de ella en torno a él, la llevó a la habitación, dejando atrás un estropicio de limones y jugo. Sus propios cuerpos eran mezcla de varios olores.
Volvieron a hacer el amor con necesidad. De forma fiera al principio, como si con eso pudieran conjurar su tiempo separados.
Peter pronunció su nombre en una letanía que parecía no tener final.
Después se amaron con más calma.
Lali descansaba en los brazos de Peter, cuando le dijo:
—Al verte con la bufanda, recordé que todas las noches dormía con una chaqueta tuya a mi lado.
—¿De veras? —le preguntó él complacido.
—Sí, necesitaba tu olor para dormirme. Nunca la lavé, en el día la dejaba en una bolsa —reía al recordarlo—. No quería que se fuera tu aroma.
—Cuando encontré la bufanda, sabía que era especial. Ese día la olí y llore como no te imaginas.
—¿En serio? —sonreía ella.
—Sí, me has hecho pasar un infierno durante estos días, amor. Y siempre llevaba la bufanda en mi bolsillo.
—Las cosas del corazón —señaló Lali acariciándole el pecho—. No era mi intención hacerte sufrir. Simplemente tenía miedo de tus palabras.
—Eran mentira. Solo lo dije porque quería herirte.
—Ya no vuelvas a hacerlo.
—Te lo juro.
Se colocó encima de ella y la besó.
Ella se percató de la mancha que Peter llevaba en el cuello producto del roce de la cadena y el candado. La acarició con las yemas de los dedos, lo sintió escalofriarse. Llevó su boca y lo besó ahí.
—Desaparecerá.
Él se abalanzó sobre ella con mirada vulnerable y la besó con ardor.
Ella no tenía idea de lo que sus gestos y sus palabras ocasionaban en él.
Ella le correspondió con una ternura que estaba dedicada a sanar el cuerpo y el alma.
—Tengo algo para ti.
—¿Qué es? —inquirió sorprendida.
Peter se levantó de la cama sin decirle nada. Fue a su maletín de trabajo y sacó la pequeña caja con el libro.
—Toma, mi amor. —Se la entregó con esa mirada de ojos verdes que tenía un brillo especial solo para ella—. Lo prometido es deuda.
Lali abrió la caja con curiosidad. Sacó el pequeño libro de la caja y lo miró sin poder creerlo.
Era una edición de lujo. Peter había editado ese ejemplar solo para ella. Leyó el título: “Para Lali”. Y más abajo, el nombre de él.
Se le aguaron los ojos.
Abrió el libro en la primera página. En letra cursiva, estaba escrita una frase de William Shakespeare:
“Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo”.
Las lágrimas ya corrían por sus mejillas cuando abrió la primera página de lo escrito por Peter.
¿Sabías que mi corazón latió fuerte por ti desde la primera vez que te vi?
¿Sabías que en nuestra primera cita estuve rogando durante horas por verte aparecer?
¿Sabías que tuve en mi bolsillo el anillo de compromiso desde la segunda semana de haberte conocido?
¿Sabías que cuando me miras tus ojos resplandecen?
Ella sonrió entre las lágrimas.
—Oh, mi amor —lo besaba, lo abrazaba.
—¿Te gusta? —le preguntó expectante.
Ella lo miró como si no entendiera.
—¿Cómo puedes preguntarme eso? Lo atesoraré siempre. Es el más bello homenaje a nuestro amor.
Lo abrazó totalmente rendida, era su amor, su vida, lo amaba más allá de resentimientos. Jamás podría volver a separase de él. Era su otra mitad. Solo al volver a sus brazos se sintió completa otra vez.
—Mi amor, mi amor —le decía él mientras la besaba con pasión.
—Te amo, Peter.
Lali le tomó la cara con sus dos manos y lo miró fijamente.
—Para siempre.

—Para siempre.

FIN.

SIGUE EL EPILOGO QUE ES COMO UN PEQUEÑO LIBRO , QUE TAMBIEN LO VOY A SUBIR :) 
BESOS !
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